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Publicado el 16. octubre 2018 In Abusos, Dilexit ecclesiam

Como Iglesia que somos, también nosotros llevamos la gracia en vasijas de barro

Columna redaccional •

Nunca pasó así de fuerte. Al abrir las cuentas de Twitter y de las redes sociales de Schoenstatt, estamos frente a una ola de comentarios desilusionados y odiosos sobre nuestro amado movimiento. Lo entendemos. Son comentarios tal como se encuentran sobre la Iglesia en los medios de comunicación, las redes sociales y los intercambios de fieles y no-fieles. La Iglesia Católica está sufriendo, una vez más, un torbellino de denuncias sobre abuso sexual y abuso de poder y conciencia. —

Y también nuestro Schoenstatt ha sido tocado gravemente con casos de abusos y de encubrimiento, en el caso de Francisco José Cox -de la generación fundadora de Schoenstatt en Chile y quien habló con el padre Kentenich – con hechos tan graves que el Papa Francisco el sábado pasado le dimitió del estado clerical. Somos Iglesia, compartimos sus momentos de luz y de sombra, y esta vez, de sombra realmente oscura.

“Estoy espantada, asqueada con las noticias que me llegan de Chile…sobre todo sobre Cox…asco, rabia, mucho dolor”. Un mensaje de whatsapp a la redacción, uno como cientos.

En y como Iglesia culpable y herida, debemos y queremos, antes de nada, preocuparnos por las víctimas de abusos cometidos por personas que como nosotros sellaron su alianza.

Mirar, además, a tantas víctimas secundarias, a tantas personas que se ven desilusionadas y hasta traicionadas en su confianza puesta en Schoenstatt.

Mirar, también, a tantos schoenstattianos, a tantos sacerdotes de Schoenstatt que ofrecen su vida para la misión entregada, a tanta gente sencilla que camina por senderos de la santidad diaria, que da una mano a los pobres, y que sufren ahora de lo que se sabe y dice, con razón, sobre schoenstattianos que cometieron crímenes contra los más vulnerables. Sufrimos.

Los comunicados del P. Juan Pablo Catoggio, publicados en Schoenstatt.org y entregados a los medios de comunicación, fueron un paso importante. No estamos fuera de lo que vive la Iglesia. Por cierto, estamos aún corriendo detrás de lo que, por ejemplo, los jesuitas ya implementaron. Pero nos pusimos en camino.

Entre el dolor, el susto, la rabia y la desilusión sabemos: que Schoenstatt es parte del drama de la Iglesia, del drama de Chile, Boston, New York, Irlanda, Alemania.

¿Y ahora, qué?

No es magia

Fue hace un par de semanas. Un diálogo con un schoenstattiano. Uno de ellos, que hasta entonces, no vio o no quiso ver que entre los sacerdotes que abusaron a niños y jóvenes también se encontraron schoenstattianos. Menos mal que nuestra pedagogía del P. Kentenich nos protege de esto y que podemos salir a enseñar a los demás como crear una nueva Iglesia…

No.

La pedagogía del padre Kentenich no es algo mágico, ni un automatismo. En varios casos no sirvió contra la pedofilia y el abuso sexual y en muchos casos más ni contra el abuso de poder y de consciencia.

Ni el haber vivido con el P. Kentenich, ni el haber hablado con él, es arte mágica que protege de todos los malos y todo el mal o nos hace santos sin hacer nada más.

No.

Tal vez nunca como ahora es el momento de entender en toda su radicalidad el “nada sin nosotros” como conditio sine qua no para que la santidad diaria y el caminar en las huellas del padre fundador, el santuario y la plasmación del carisma del P. Kentenich sean posibles y funcionen correctamente.

Humildad honesta en todo

Hay algo más y algo que puede doler. De una vez por todas queda claro que la siempre citada pedagogía kentenijiana y todo lo que tenemos, sabemos y predicamos no nos hace mejores que los demás.

Una advocación mariana propia que “nunca falta”. Un fundador “más listo que un profeta”. Son sólo dos momentos de un texto breve en la revista “Vida Nueva” en el contexto de los 50 años del fallecimiento del P. Kentenich. Esto tiene que hacernos reflexionar sobre la imagen que proyectamos hacia afuera, comentó un amigo al notar el leve sarcasmo del texto. ¿Parecemos algo arrogante, algo de sabelotodo, a veces?

El escándalo de abuso que vivimos dentro de Schoenstatt, por sacerdotes de nuestro Movimiento, tiene potencial de mostrarnos un camino hacia una nueva humildad que no se debe confundir con complejo de inferioridad. Humildad de la humilde esclava del Señor que sabe cantar las maravillas hechos por Dios en su vida, y que nunca se olvida de ser parte de un pueblo peregrinando hacia Dios, en solidaridad y admiración por lo grande que Dios hace en otros. Y en nosotros.

Somos Iglesia y amamos a la Iglesia

No es el momento de “llevar” algo a la Iglesia. Nunca lo fue. No podemos llevar algo a lo que somos, y somos Iglesia. En las fiestas del 15 de septiembre, muchos comentaron que sienten que es la hora de vivir profundamente el “Dilexit Ecclesiam”.

Es un momento de entender lo que es lo más obvio, pero a veces no visto o no comunicado: somos Iglesia. Somos Iglesia con las sombras y las luces de la misma Iglesia y no exentos a lo dicho por Jesús: que quien esté sin pecado que tire la primera piedra.

En estos momentos amamos y amemos más que nunca a nuestra Iglesia santa de pecadores, nuestra Iglesia que nos ama y nos educa, y quiera Dios que nos sane de toda arrogancia y nos regale la humildad misionera que tanto nos hace falta.

¿Es audaz pensar, justo ahora, en una alianza solidaria en y con la iglesia?

Pedimos perdón, en y como Iglesia. Como Iglesia que somos también nosotros llevamos la gracia en vasijas de barro (2 Corintios 4, 7ª).

P. José María García Sepúlveda, María Fischer

 

Fotos: iStockGettyImages, ID:825063512, Casanowe, Huai khwang, Thailandia, iStockGettyImages ID:868503068, annanaline

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2 Responses

  1. Felicitaciones por este artículo claro y valiente.
    Nora Pflüger Totti, la Plata, Argentina

  2. Con doloroso asombro veo reacciones desmedidas, inmisericordes, de algunos integrantes de la Familia. Y me pregunto ¿No tenemos TODOS la carga del pecado original? ¿Estas reacciones, no surgirán de un orgullo herido por no ser “los mejores”, los impolutos, los herederos del Padre Kentenich? Quizás Dios, en su infinita sabiduría, lo permitió para darnos una lección de humildad, para que comprobemos que somos realmente las vasijas de barro en las que el Señor quiso depositar su tesoro. Comprendo el dolor y me solidarizo especialmente con los Padres de Schoenstatt. Y rezo por los que se han sentido sinceramente heridos y desilusionados por esto. Todos tenemos que madurar y vivir la misericordia de Jesús que tantas veces reflejó nuestro fundador. Muchas gracias, P. José María y María por esta nota editorial.

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