Publicado el 2020-09-11 In Iglesia - Francisco - Movimientos, Nuevo orden social, Voces del tiempo

El padre en la mesa familiar

Entrevista con Ignacio Suazo Zepeda sobre “Nuestra Mesa: Diálogos por Chile” (NM) •

En el contexto de la crisis social chilena, producto del estallido social del 18 de octubre pasado, y cercanos a iniciar un proceso de aprobación o rechazo de una nueva constitución para el país, la Universidad Católica de Chile y la Fundación Voces Católicas han convocado a 60 personalidades a conversar sobre los grandes desafíos para estos tiemposEste diálogo se realizará durante tres meses en torno a nueve mesas temáticas: “ciudad, pobreza y segregación”, “vida económica y laboral”, “salud integral y acogida”, “educación y educadores”, “el cuidado de la vida y la creación”, “tejido social y convivencia”, “seguridad y derechos humanos”, “familia y hogar” y “El Estado al servicio de las personas”.  El resultado de este debate ciudadano quedará plasmado en una publicación final que se entregará a actores relevantes del mundo político y social chileno.—

Sobre esta iniciativa conversamos con Ignacio Suazo Zepeda, Magister en Sociología de la Universidad Católica, investigador y encargado de contenidos de la Organización No Gubernamental (ONG) “Comunidad y Justicia”, quien participa de la rama de profesionales del santuario de Campanario en Santiago de Chile.  Él ha sido convocado a este proyecto para trabajar en la mesa de “familia y hogar”.  En esta iniciativa también colaboran varios miembros del Movimiento de Schoenstatt: el P. Francisco Pereira, sacerdote del Instituto de los Padres y director de María Ayuda; Pablo Vidal, del Instituto de Familia y especialista en sustentabilidad; Francisco Gallegos, profesor de Economía en la Universidad Católica, así como Carmen Domínguez, de la Federación de Familias y abogada del Centro UC de la Familia.

Para comenzar, cuéntanos de esta iniciativa ¿Cómo funciona “Nuestra mesa: diálogos por Chile”?

Ignacio Suazo Zepeda, sociólogo

El proyecto consta de nueve mesas sobre nueve dimensiones clave para la consecución del bien común en Chile. Se solicita a las mesas que se organicen y reúnan al menos cuatro veces a conversar y dialogar, intentando llegar a un diagnóstico y a una o más propuestas para nuestro país, nacidas de nuestra identidad católica. Para facilitar el diálogo, contamos con una secretaria que toma nota de nuestros comentarios y se encarga de recolectar los textos que vayamos citando y enviando. El resultado debe ser algo simple, de no más de algunos párrafos por mesa.

Si bien los organizadores nos han proporcionado algunos lineamientos e ideas de trabajo, la actitud fundamental siempre ha sido dar a las mesas un espacio de búsqueda sincera de la verdad y, desde ella, de las mejores propuestas para el Chile que se nos viene.

Uno de los propósitos de esta iniciativa -en palabras de la directora ejecutiva de Voces Católicas- es mirar nuestras heridas para anhelar un Chile más integrado y acogedor. ¿Cuáles son esas heridas que parecen haber roto o dañado el tejido social en Chile?

En efecto, esa pregunta fue el puntapié inicial de nuestra conversación. Ahora, puedo hablar desde el tema que nos convoca, que es la mesa de “Familia y hogar”.

En la primera sesión aparecieron los tópicos recurrentes: la mala comprensión de la familia desde la política pública, la debilidad del matrimonio como institución, las dificultades y miedos que hay dentro de la Iglesia para hablar sobre las verdades de siempre en la familia, la mentalidad antinatalista imperante. Pero finalmente, debido a la noticia del explosivo aumento de demandas por pensiones de alimentos en el contexto del retiro del 10% de los fondos previsionales, tomamos la decisión de trabajar en un tema que como schoenstattianos no nos es para nada indiferente: la ausencia paterna. Nos duele profundamente la falta de padres que puedan asumir un rol preponderante en la familia. En la mesa llegamos a la conclusión que esta ausencia está en la raíz de muchas de las más importantes problemáticas de la familia en el Chile de hoy.

El diálogo supone interés en conversar y escuchar para ponerse de acuerdo. ¿Cómo se puede conversar cuando parece que vivimos tiempos de resentimiento y rabia, en que más que una mesa hay un enjambre de redes sociales llena de bullicio y gritos, reclamos y descalificaciones?

Porque justamente pareciera que la polarización gana terreno es que estas instancias que promueven el diálogo son más importantes. En mi experiencia, la mesa ha sido un caso ejemplar (y por qué no decirlo: preclaro) del potencial que tenemos los católicos para ser una contribución a la paz social. Y lo es por pequeñas actitudes y prácticas muy sencillas, pero muy potentes. En primer lugar, porque hay amor a la verdad y confianza en la capacidad del ser humano para conocerla. Esto es muy importante, porque en la mesa estamos orientados permanentemente pensando en los principios últimos y eso, a la larga, permite avanzar en diagnósticos. Casi como un corolario de lo anterior: hay “hambre de conocimiento”. Hay una buena disposición para escucharnos, compartir textos, revisarlos e integrarlos a la discusión. En segundo lugar, no partimos la conversación sin antes rezar. Eso también es un signo potente: encomendar los frutos de la discusión a Dios. Eso ayuda a devolvernos al lugar humilde de quien, si bien sabe que tiene apertura a la razón, es consciente de su debilidad y entiende que necesita la iluminación del Espíritu Santo para poder avanzar.

“La identidad de nuestro país está en su historia, en su gente y en sus valores, en estos elementos se perfila un «alma de Chile» cuajada del Evangelio”, escribió el capellán de la Universidad Católica Fernando Valdivieso para explicar el sentido del proyecto. Sin embargo, para no pocos autores (Gonzalo Rojas May, por ejemplo) el alma de Chile está enferma, pues son tiempos de precariedad psíquica y cívica.  De hecho, Chile se trasformó en el país latinoamericano de mayor consumo de ansiolíticos y antidepresivos per cápita.  ¿Qué pasa en el «alma de Chile»?   

La pregunta conecta directamente con la respuesta anterior, porque justamente aquello que es tan propiamente católico, como es la conjugación entre fe y razón, es algo que dolorosamente hemos ido perdiendo como país. Y que Chile pierda su fe progresivamente, no es novedad; pues basta ver algunas encuestas para notar que la religiosidad disminuye en prácticamente todos los indicadores: cantidad de personas que confían en la Iglesia, que se declaran católicos, que reciben sacramentos, que asisten a misa, etc.  El punto es que una fe que no se deja transparentar por actos y en personas concretas se va diluyendo. Así, no es de extrañar que durante los últimos años también hemos ido dejando de lado la creencia en Dios mismo; y esto es -al final- un declive en la cantidad de personas capaces de confiar en un Dios Providente.

Pero lo que también es muy impactante (aunque en realidad, no debería serlo) es pensar que la pérdida de la fe termina por llevarnos a la atrofia de la razón. Más que mal, emprender un diálogo sin la esperanza de la verdad ni la fe en que Dios guía ese camino reflexivo es, por decirlo menos, una empresa que difícilmente llegará a buen puerto.

Aun así, los católicos seguimos siendo la mayoría de la población ¿Qué pasa entonces? ¿Por qué no somos capaces de desplegar las riquezas de nuestra fe y ponerlas al servicio de nuestra patria? ¿Por qué el catolicismo no permea en nuestras vidas? Y creo que en la mesa hemos puesto de relieve algunas de las raíces profundas de eso. Será muy difícil hacerlo mientras no haya hombres que transmitan e irradien la autoridad del Padre Dios a través de su propia autoridad natural.

 El sociólogo Eugenio Tironi ha dicho que una de las razones que explica el quiebre del 18 de octubre pasado, radica en que las instituciones tradicionales de cohesión social -los “airbags sociales”, los denomina él- caducaron.  Entre esos airbags nombra a la familia, la nación y la religión. ¿En qué sentido también la crisis de la Iglesia -debido a los abusos sexuales y política de encubrimiento- es responsable de una cierta sensación de orfandad que contribuyó al estallido?

Es difícil saberlo. La verdad esto no es algo que hayamos tematizado en la mesa. En mi opinión, la pérdida de autoridad de la Iglesia responde a hechos anteriores y más profundos. La Iglesia dejó de ser autoridad y referencia cuando dejó de dar respuestas y compromisos vitales. Y eso ocurre cuando ha dejado de ser madre; cuando ha dejado de ser familia. No es muy políticamente correcto decirlo, pero sinceramente creo que, para muchos, los dolorosos casos de abuso y encubrimiento sólo vinieron a confirmar y reforzar un abandono de la Iglesia que fue anterior.

Aunque quizá sea temerario afirmarlo, pienso que esta dificultad de la Iglesia para ser familia es la causa profunda detrás de los abusos. En tal caso, abusos y encubrimientos serían síntomas de algo muchísimo más hondo.

Debido a los efectos del neoliberalismo y del individualismo, no pocos chilenos parecen querer transitar hacia un Estado de bienestar o de prestación de derechos sociales. Pero este “Estado providencialista” puede significar una inmensa maquinaria burocrática anónima e impersonal que termine acentuando un individualismo de derechos… ¿Qué significa un “Estado al servicio de las personas”?

Es un tema que escapa a lo que estamos viendo en la mesa y que no he estudiado tanto. Pero el desafío fundamental del Estado es sin duda el mismo que el que tiene la Iglesia: ser familia. El Estado tiene el potencial de transparentar la autoridad del Padre Dios y emular algo de la autoridad natural del padre. Lograrlo sin duda pasa por desplegar una dimensión simbólica que hoy nos cuesta mucho: ritos (como marchas militares), discursos conmemorativos, gestos etc. Pero también hay una dimensión operativa que hay que articular y desarrollar. Pienso rápidamente en cosas como políticas profamilia efectivas, identificar y poner en el centro a los más pobres (en el sentido de tener una opción preferencial por los más pobres), fortalecer los cuerpos intermedios y, sobre todo, encontrar modos de encarnar el principio de la solidaridad.

Pero transitar desde estas grandes líneas a medias concretas y a “actitudes fundamentales” que alimenten a los políticos llamados a liderarlos es un trabajo titánico.

En esta última pregunta queremos volver a la mesa «familia y hogar». La familia parece la gran olvidada de las políticas públicas de derecha e izquierda en Chile. Son escasos los incentivos para aumentar la natalidad y esta misma institución parece desdibujarse por efectos de las leyes de los últimos años que empiezan a quitar potestad a los padres.  El fallecido historiador Gonzalo Vial vio en forma premonitoria, el 2007, que esta crisis de los valores familiares y de educación en el hogar, íntimamente ligada a mayores niveles de delincuencia, violencia y consumo de droga y alcohol, conduciría tarde o temprano a un estallido social. ¿Qué puede aportar la mesa de diálogo y la doctrina social de la Iglesia como remedio a esta crisis de la familia?  

Creo que hemos comentado todos los datos que muy bien citas aquí. ¡Así que supongo que tan mal no lo hemos hecho como mesa de familia!  En lo personal, creo que nos falta “creernos el cuento”: confiar que la concepción católica de la familia, tal como está recogida en la DSI, permite desarrollar políticas efectivas de apoyo a las familias. Esto es algo que ha sido dicho por algunas voces al interior de la mesa, pero que hago muy mío.

Parece que los católicos tenemos mucho miedo de hablar de familia -o más bien- de sus componentes estructurantes: el matrimonio y la educación de los hijos (y me incluyo). Pero resulta que el mejor lugar en el que un niño puede nacer es dentro de un matrimonio sano y estable. Y eso es algo para lo cual hay mucha evidencia empírica. Reconocer lo anterior no significa mirar en menos a las personas que por uno u otro motivo se encuentran en situaciones familiares distintas, pero también es un problema cuando no tenemos claridad a lo que queremos aspirar.

También es un problema cuando los padres renuncian a su rol: a ser verdaderas autoridades. Y hay mucha evidencia de que los niños lo hacen mejor cuando sus padres logran combinar una dimensión “normativa” con otra “afectiva”.

El problema está en que mucha gente desespera con estas cosas, en el sentido que pierde la esperanza de poder alcanzar estos bienes: un matrimonio para toda la vida y el ejercicio de una verdadera autoridad.

En nuestra mesa, hemos decantado y elegido un gran tema de trabajo, que a mí parecer conecta directamente con la reflexión anterior: la ausencia del padre. Un padre ausente es un hombre que claudicó ante los dos roles anteriores, el de marido y el de papá.  ¡Esto en Chile es algo tan frecuente!

Se ha vuelto un lugar común decir que Chile es un país patriarcal. En la mesa estamos convencidos que eso es un error, sencillamente porque en la mayor parte de nuestro país no hay padres. Y probablemente, salvo en grupos y momentos específicos, nunca los ha habido. En el s. XIX ya el 20-30% de la población nacía fuera del matrimonio. Incluso a nivel sacerdotal carecemos de ellos: Chile históricamente ha tenido muy pocas vocaciones, como bien lo hace ver el P. Alberto Hurtado en su famoso “Es Chile un país católico”. Entonces la pregunta, la angustiosa pregunta que nos hacemos es cómo promovemos la paternidad.  ¿Cómo logramos hacer de los hombres chilenos verdaderos padres? Ahora, una primera luz que tenemos al respecto es que este es un tema poco presente en la Iglesia, al menos en la jerárquica y a nivel de organización diocesana. Se asume como un hecho, no como un tema a encarar pastoralmente. Quizá si logramos encontrar respuestas desde la Iglesia, será luego más fácil dar respuestas como católicos de cara al país. Creo que, si logramos articular y desarrollar bien este tema, el de la ausencia paterna, podemos hacer un buen aporte a Chile en la materia.

 

Entrevista: Ignacio Serrano del Pozo, Federación de Hombres, Columnista de schoenstatt.org, Chile

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