Publicado el 12. julio 2017 In Dilexit ecclesiam, Iglesia - Francisco - Movimientos

Y creyó él y toda su casa (Jn 4,53): Un aire de la Iglesia primitiva en el centro de una Europa cansada

María Fischer •

Con su baja estatura, apenas alcanzaba con su nariz el borde de la pila bautismal cuando estiraba la cabeza. Eso no le bastaba, así que comenzó a saltar una y otra vez, mientras que en sus ojos oscuros destellaban una alegría y una impaciencia incontenibles. Incluso durante las letanías de Todos los Santos me dieron ganas de traer una bañera llena de agua bautismal para que el pequeño pudiese bañarse ahí, como lo hicieron los primeros cristianos… La visión del pequeño aspirante al bautismo y el pensamiento de la bañera llena de agua me provocaron tanta alegría, que tuve que sonreírle a mi vecino de banco y decirle: “¡Pascua! ¡Esto es Pascua!” Y mi vecino de banco me contestó: “¿Sientes al Espíritu Santo?”.

Junto al párroco, radiante de alegría, y algunos padrinos, se encontraban once personas en torno a la pila bautismal, junto a la cual ardía el gran cirio pascual: Un bebé en los brazos de su joven madre, cuatro pequeños niños y el resto jóvenes y adultos. Caras en las que se podía leer la seriedad y la expectativa, pero también una alegría incontenible.

Era el 8 de julio y no, esto no era África o China, donde nuestra Iglesia Católica es tan joven, tan fresca y tan nueva. Esto sucedió en el centro de Europa, en el centro de Alemania, en medio de una comunidad parroquial viva y por lo demás totalmente normal.

Las que se encontraban alrededor de la pila bautismal, y con quienes renovamos nuestras promesas bautismales, eran dos familias. Llegaron hace un año a este lugar, después de una larga y pesada huida de Afganistán. Son nuevos vecinos, once personas concretas de lo que se llama corriente de refugiados o crisis de refugiados. Estos nuevos vecinos se han convertido en nuevos cristianos. Once fueron bautizados, seis recibieron la Confirmación y la Primera Comunión… ungidos para ser reyes, sacerdotes, profetas.

Porque la promesa es para vosotros y para vuestros hijos y para todos los que están lejos, para tantos como el Señor, nuestro Dios, llame (Hch 2,39).

Ellos simplemente asistían todos los domingos a misa y alguien de la parroquia les habló. Mohammed, Farina e Ibrahim… que ahora también han elegido nombres cristianos, como María, Pedro, Pablo, Rafael, Lucas…

Desde que vivían en Afganistán se interesaron por temas de la fe cristiana. Ahí había un anhelo, una interrogante… y aquí hay personas de ese lugar que se atreven y que les hablan sobre Jesús. Finalmente es el propio Espíritu Santo el que les ha tocado los corazones de una forma tan fuerte, que en esa calurosa y húmeda tarde de julio sopló algo del viento de renovación por la nave central de esta iglesia de nuestra tan cansada, tan vieja Europa, un soplo del espíritu que lo renueva todo. Sopló tanto así, que se pudo ver la alegría del Evangelio, no sólo en las caras de los afganos, sino también en muchas otras, mientras once cirios de bautismo ardían sobre el altar.

Y creyó él y toda su casa.

Los nuevos vecinos se convirtieron ese 8 de julio en nuevos cristianos, nuevos miembros de la comunidad, once al mismo tiempo.

Celebramos durante un largo rato con pan, vino y aceitunas, y el Espíritu de Dios soplaba. Y creyó él y toda su casa. ¿Será renovada, de esta forma, la Iglesia? ¿Experimentaremos esta renovación en esta Europa marcada por un gran desaliento eclesial, agotada de salvar las estructuras colapsadas?

Y el Señor agregaba cada día a la comunidad a los que quería salvar (Hch 2,47).

Vamos a experimentarlo. Ya estamos inmersos en esto.

Original: Alemán 10/7/2017. Traducción: Tita Andras, Viena, Austria

 

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