Publicado el 17. febrero 2018 In Proyectos

Los pies con ampollas, las quejas y la amistad se hacen corona

CRUZADA DE MARIA, Facundo Ríos •

El lunes pasado llegaron a la meta. El 20 de enero 120 jóvenes de Argentina, Chile, Brasil, Paraguay, México, España, Alemania y Portugal se adentraron en la Cruzada de María, en la séptima edición de una travesía que consiste en caminar 400 kilómetros y atravesar la Cordillera de los Andes, desde el santuario de Mendoza hasta el de Bellavista (Santiago de Chile) en una aventura que dura 17 días. Uno de ellos, Facundo Ríos de San Isidro, Argentina, resume sus impresiones en una carta dirigida a los demás cruceros y a los primeros congregantes y el padre Kentenich. Lo compartió con todos los cruzados, minutos después de haber llegado a BellavistaLe agradecemos el compartirla con los lectores de Schoenstatt.org. —

Santuario de Mendoza

Queridos cruzados, querida Familia de Bellavista, queridos primeros congregantes, querido padre Kentenich:

Hace varios días que vengo con el anhelo de compartir unas breves palabras con ustedes y antes de empezar, debo agradecer al padre Claudio por darme el espacio.

Hoy es un día de regocijo, un día de gozo. Puedo sentir sus corazones ardiendo. Porque después de 17 días, cumplimos nuestro propósito de unir el santuario de Mendoza con el santuario de Bellavista. Este es el primer gran rasgo de esta VII Cruzada de María. Quisimos unir dos lugares, dos países, por medio de esta peregrinación. Pero este signo exterior, no es más que una imagen del verdadero signo interior; estos dos santuarios están separados por las altas cumbres de los Andes a una distancia de 420 km, pero están unidos por un mismo ideal y por una misma Madre, que es la Virgen Madre de Dios, María Santísima. En efecto, son en realidad un mismo santuario en dos lugares distintos y esto es lo sorprendente. Porque sin darnos cuenta, fuimos uniendo nuestros cuerpos a nuestras almas. Dos realidades de un mismo ser, pero separadas por las altas cumbres del mundo y 420 km de debilidad y fragilidad. Con cada paso y cada día, fuimos conociéndonos a nosotros mismos. Descubriendo nuestras flaquezas y también nuestras virtudes. Encontrando sombras y también luces. Y hoy, en nuestra casa, frente a la Virgen, podemos decir que nuestro cuerpo y nuestra alma, se encuentran en una misma armonía, gozando de la plenitud de la victoria y probada en el sufrimiento.

Unidos en las ampollas

Miren como se aman

Hoy es un día de regocijo, un día de gozo, como dije antes. Porque uniendo estos dos santuarios por un mismo ideal y una misma Madre, nos unimos como una sola comunidad de hermanos, una sola comunidad de cruzados. Porque las alegrías se comparten y se contagian y los dolores se dividen y se soportan cuando estamos acompañados. Fuimos caminando con el hermano, hombro con hombro, alentándonos y soportándonos en las flaquezas y debilidades de cada uno. Porque el que ama a los que lo aman ¿qué mérito tiene? Amen a los que sufren, a los que están solos, a los que necesitan de ustedes y tendrán una recompensa en el Cielo. ¡Y eso es precisamente lo que hicimos! Los pies con ampollas, las quejas, las cosas prestadas y no devueltas, los dolores y tribulaciones. Todas esas miserias de cada uno, fueron soportadas en mayor o menor medida por esta comunidad de cruzados. “Miren cómo se aman” decía la gente sobre la primera comunidad cristiana. Y ahora mirándolos a ustedes, con la cara curtida por el sol, con los pies machacados por el camino y con los brazos doloridos por el abrazo entre hermanos digo: “Miren cómo se aman”. Porque a todos nos reúne una misma Dama y una misma Madre. Ella nos reunió hoy bajo la sombra de su manto y nos hizo nacer a esta comunidad de hermanos.

Caminando por una causa noble: coronar a la Virgen Madre

Hoy es un día de regocijo, un día de gozo. Pero que comenzó allá por el 18 de enero, con un dolor profundo. Ésta, nuestra Madre, Reina y Victoriosa, fue ofendida en su dignidad y en su grandeza cuando la avaricia impulsó a aquellos hombres a robar su corona. De ese modo ultrajante, nuestra cruzada se vio empapada por una causa Real. Hemos alzado el signo victorioso de la Cruz sobre cerros y carreteras durante 17 días, como cruzada de antaño, en pos de una causa noble y sagrada: coronar a la Virgen Madre. Porque la ofensa a nuestra Madre no puede triunfar. Porque la gloria de nuestra Madre es poderosamente victoriosa, haciendo encender el espíritu cabelleresco de cruzado católico en nuestros corazones. Supimos responder, queridos amigos y hermanos, a las voces del tiempo, del ser y del alma que se unieron en este hecho penoso, pero que resucitaron en este acto heroico y valeroso de devolver a nuestra Reina lo que es suyo.

Hoy es un día de regocijo, un día de gozo. Porque conquistando por el fiel y fidelísimo cumplimiento del deber, devolvemos a la Reina lo que le pertenece.

¡Salve Reina y victoriosa, los que cruzan los Andes te coronan!

Bellavista

Para disfrutar: Artículo en el diario La Nación, Buenos Aires, Argentina, sobre la Cruzada 2018

Fotos: Sebastián Valdez, Asunción, Paraguay

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