Publicado el 18. agosto 2016 In Proyectos

El grito desesperado de los niños de Chile

CHILE, Equipo de la revista Vinculo •

En el último tiempo la opinión pública se ha conmovido por noticias que hacen referencia a dramas de niños y niñas en residencias a cargo del Servicio Nacional de Menores (Sename). La Comisión investigadora de la Cámara de Diputados fue informada por la ministra de Justicia de 184 muertes en centros de dicha institución, ya sea de administración directa, o de sus organismos colaboradores. Y día a día conocemos detalles preocupantes de la aguda situación que enfrentan los menores carentes de cuidado parental en Chile.

El P. Francisco Pereira, Director Pastoral de María Ayuda desde hace 15 años, escribió en el diario el Mercurio sobre el drama que viven miles de familias en pobreza en nuestro país, situación que hace que los tribunales de familia tengan que enviar a miles de niños maltratados gravemente a hogares o familias de acogida cuando las hay. Ya en los ’80, el fundador de María Ayuda, el P. Hernán Alessandri, constataba en su trabajo diario al fundar la obra que apenas el 2% de las familias acogidas tenía a sus padres viviendo todavía juntos.

Allí, en sus propias familias sufren graves vulneraciones de sus derechos, y de su dignidad. Abusos sexuales, abandono, violencia, violación, son las causas de esos maltratos graves que sufren niños y niñas en nuestro país. Esos son los lugares de donde vienen los niños que llegan a hogares de protección, pero allí pueden volver a sufrir también graves vulneraciones, como hemos conocido por la prensa. De ahí la importancia, que estos hogares proporcionen a esos niños, niñas y adolescentes un ambiente cálido y familiar que no han tenido en su propia familia y ofrecerles la posibilidad real de construir vínculos sanos con su entorno y con quienes los acogen.

Esto significa evidentemente que el Estado debe otorgar los recursos suficientes para que estos cerca de diez mil niños que son acogidos en estas residencias a lo largo de Chile, tengan la dignidad necesaria. Pero la realidad está muy lejos de ello. Por cada 40% que aporta el Estado, instituciones como María Ayuda por ejemplo deben aportar hoy el 60% de los costos de un niño.

En Schoenstatt esa realidad no nos puede dejar indiferentes. Así como el P. Hernán sale del Santuario de Bellavista en busca de aquellas niñas atropelladas en su dignidad, en cada Santuario donde está la obra de María Ayuda tenemos la posibilidad de “salir” también al encuentro de aquellos que viven en la “periferia existencial” de este drama que a todos nos toca. No dejemos de conmovernos y de hacer algo por ellos.

Al respecto, a continuación hemos querido publicar en nuestra revista, la carta del P. Francisco y una reflexión de Hernán Medina, sociólogo y miembro de la Federación de Hombres, y que actualmente trabaja en el Sename.

P. Francisco Pereira / Director pastoral María Ayuda

Frente al dramático atropello a la integridad de niños y niñas de que dan cuenta los medios en las últimas semanas, en María Ayuda vemos con inquietud que gran parte del debate público se ha circunscrito a una discusión «institucional», como el necesario rediseño del Sename, que atiende a más de 10 mil niños en residencias de protección en todo Chile.

Nos parece que se olvida poner el foco en algo fundamental: la realidad de las familias, lugar donde se están produciendo las más graves vulneraciones de derechos de los niños y niñas, en la mayoría de los casos en situaciones de pobreza.

En miles de familias, el más íntimo lugar del compartir humano está en riesgo. La estabilidad en esos hogares, expresada en un papá protector y una mamá que asegure el afecto necesario, simplemente no existe. Según la Unicef, tres de cada cuatro menores son maltratados en sus casas. Para protegerlos, los tribunales los derivan a hogares, donde muchas veces, fruto de la precariedad, vuelven a sufrir vulneraciones. En nuestro caso tratamos de proporcionar a nuestros niños, niñas y adolescentes un ambiente acogedor, ofreciéndoles la posibilidad real de reconstruir vínculos sanos, e intentamos contar con una infraestructura adecuada que asegure la dignidad. Es cierto que hay un problema grave de insuficiencia de recursos, pero se trata más bien de responder si somos o no capaces como sociedad de garantizar de verdad los derechos fundamentales de nuestros niños. Urge tomar medidas concretas que garanticen esos derechos, tanto en sus propias familias (la no prescripción, por ejemplo, de los abusos sexuales) como en el caso de aquellos niños acogidos en hogares de protección (que estos cuenten con personal especializado para atender las patologías psiquiátricas).

Las familias de nuestros niños tienen que ser, como dijo el Papa Francisco en Cuba, «un lugar de vida y no de muerte». No perdamos de vista, especialmente en la atención de nuestros niños maltratados, a la familia, porque en la medida que estas vuelvan a ser sanas y fuertes, a través de una terapia familiar que debemos otorgarles, estos niños tendrán el espacio para crecer con dignidad. Su grito desesperado es por un papá y una mamá que los quieran y es obligación de todos escuchar su clamor.

Hernán Medina / Sociólogo

Guardo en mi corazón el recuerdo del P. Hernán Alessandri conmovido por la niñas víctimas del comercio sexual en la rotonda Quilín. Desde mi condición de joven estudiante de Sociología, la preocupación del P. Hernán  era la prolongación del incesante trabajo del «patroncito», la imagen de Alberto Hurtado y del Señor se hacia nuevamente patente, siempre los pobres y siempre los niños son sus predilectos.

Luego de una estadía prolongada en la Universidad, ahora como académico, me vine el año 1997 a trabajar al Servicio Nacional de Menores. Por entonces el peso del desgaste de una institución diseñada en circunstancia de una débil presencia del Estado en el ámbito social, era remecida por la novedad de la Convención de derechos del niño. Como país signatario, había que prodigarse por orientar la acción en beneficio de los niños, fueron los tiempos de la desinternación, culminaba así el ciclo de los hogares de menores, y con ello de la masividad, la despersonalización de los vínculos y la estigmatización, un hito en la lenta transformación de las condiciones de la intervención para los adolescentes infractores de ley, fue el cierre de las secciones juveniles, que por entonces atiborraban las cárceles, era el preámbulo para una nueva ley especializada en la ejecución de las sentencias y el cumplimiento de los objetivos de la reinserción social y la responsabilización de los jóvenes, ha sido también el despertar de la adopción y con ello de la posibilidad más esperanzadora de encontrar padres con vocación como solución definitiva del abandono. Lo extraño es que todo aquello lo ha venido haciendo el SENAME.

Caben algunas interrogantes: la primera sobre las relaciones entre el Estado, la sociedad y los efectos en la familia y los niños. Luego, acerca del carácter de las vulneraciones y la condición de víctima de un significativo número de niños y jóvenes.

También cabe la interrogante sobre la institucionalidad para la infancia, la integralidad y la incorporación de la diversidad.

¿Qué puedo decir de Sename? Por cierto nada tan contundente que pueda desmentir la imagen instalada en la opinión pública.

En todo caso no es el Sename quién puede alterar el proceso creciente de segmentación social que experimenta el país, inserto en un sociedad globalizada con un tipo preponderante de relaciones de producción y comercio.

Aunque sea imprescindible, para dar coherencia al carácter de las normas que habilitan los instrumentos de la política social, no va a ser el Sename quién modifique la noción de subsidiaridad desde donde se mira la política pública, casi exclusivamente.

Es importante tenerlo en cuenta, Chile es uno de las países con mayor prevalencia en maltrato, paradojalmente a nivel mundial con Alemania.

Las familias monoparentales ascienden a más del 70%.

El salario promedio es del orden de las 400 mil pesos y la tasa promedio de personas por familia es de 4.

Los índices de salud mental son una nueva preocupación en el país. Puede decirse que hay un deterioro evidente en la calidad de las relaciones humanas, existe un debilitamiento de la socialización en todos los segmentos.

Claramente se actualiza la interpelación para el mundo cristiano, para los profesionales, las juventudes, etc.

Tal vez el llamado sea a incidir clara y decididamente en el norte de la política pública. O bien, sumarse de manera creativa al fortalecimiento de la obra del P. Hernán.

P. Hernan

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