Publicado el 21. junio 2015 In Proyectos

Estaba preso y me vinieron a ver (Mt 25,36)

PARAGUAY, María Fischer •

Todo lo primero queda eternamente, dice Jean Paul. Después de una semana en Paraguay, después de asado, chipas y sopa paraguaya, aún me falta el famoso tereré. Llegó la hora un lunes soleado y muy caluroso, a 5 kilómetros de Tuparenda, rodeada de sonrisas y de miradas expectantes, un «¿quieres, tía?, lo he hecho para ti, ¿tomamos juntos?», un momentito de susto en los ojos del Padre Pedro Kuehlcke que se transforma en plena satisfacción en el momento de mi primer sorbo. Es mi primer tereré, y nunca más he tomado un tereré tan bueno, un tereré con sabor de pobreza, de miseria, de esperanza, de solidaridad, de amistad y de compromiso con estos niños y ganas de pedir el premio Nobel de la Paz para el Padre Pedro.

Estamos en el “Centro Educativo Itauguá” (CEI), más conocido como “Panchito”, la cárcel de menores más grande del Paraguay, ubicada a unos 5 km de Tupãrenda, tomando tereré con unos 10 de los menores, entre 14 y 18 años. Es el primer y será el mejor tereré de mi vida, este tereré preparado por los jóvenes presos que vinimos a ver.

Una hora antes, entramos, sin mayores controles. El Padre Pedro Kuehlcke en los meses que está trabajando en la pastoral penitenciaria se ha ganado la confianza de los empleos, sea de la guardia, sea de los profesores o de los demás empleados y voluntarios de esta institución. Mientras que nos abren la puerta para entrar, entra un guardia con dos menores, apenas 15 años, esposados. Sí, estamos en una cárcel, y en este ámbito de cárcel que se respira tanto en Hamburgo como en Itauguá.

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Viene el Padre y todo cambia

Viene el Padre Pedro – en un día lunes, cuando normalmente viene todos los sábados y cuando hay emergencias de todo tipo -, y todo cambia. Viene el Paí. Viene el que se juega por ellos, el que los escucha, el que los consuela, el que los abraza, es que los confiesa y absuelve, el que seca las lágrimas, el que busca abogados, el que les saca fotos, el que los abraza, el que los invita – a los que tienen permiso – a venir a Tuparenda, vestirse de blanco como monaguillos y participar en la liturgia, el que les da esperanza de seguir, el que los acompaña aunque cuando solo salieron para volver a la cárcel, el que les saca miles de fotos con su celular (sí, lo puede llevar a la cárcel, solo él) y se les imprime fotos para que sientan que existen, como personas amadas e importantes. Viene el padre. Paternidad pura. Es el padre de estos más de 100 jóvenes entre 14 y 18 años.

Abrazos y fotos

IMG_20150330_102327Dentro de la instalación, la mayoría de los chicos pueden moverse libremente durante el día. Varios están en las salas que funcionan como escuela dentro de la cárcel, para muchos de ellos la primera opción de ir al colegio o la posibilidad de seguir adelante con sus clases. El Padre Pedro los anima a seguir, les pide que le muestren sus cuadernos. Unos se quedan en sus sillas, otros corren felices hacia el para mostrarle sus obras. Después de mirar todo atentamente, el Padre Pedro se dirige, uno tras otro, a los que quedaron en sus rincones, mira, alienta, anima… Todos reciben un abrazo fuerte, y todos quieren una foto – todos con él, cada uno con él, dos amigos juntos a él, todos con los profesores, todos con la señora que vino de Alemania para visitarlos, cada uno con ella, y una foto más y un abrazo de ella…

Vamos a las celdas, donde unos chicos están limpiando. De nuevo fotos. «No tienen armarios», me dice el P. Pedro. «No tienen nada donde dejar nada personal. No tienen espacio personal…» – «¿Por eso las fotos?» – «Si», me contesta el Padre Pedro. «Es como experimentan que importan, que tienen valor personal.» Es por lo que les lleva, a veces: impresiones de sus fotos. «Y calcomanías de la Virgen de Schoenstatt de Tuparenda», agregó. «La quieren muchos, especialmente los que estuvieron allá.»

Un chico de aproximadamente 15 años se aceró al Padre Pedro: «el otro día mi mamá vino a visitarme, la primera vez desde que estoy aquí.» – «¿Cuánto tiempo hace que estás?», le pregunto. «Un año y siete meses», me dice, y esta vez mi abrazo se adelanta al pedido.

«Alguien debe ser nuestro abogado, alguien debe interceder por nuestros derechos»

Unos están por tercera vez en la cárcel, muchos por primera vez, otros ya no saben cuántas veces ingresaron. El P. Pedro explica como unos vivieron con sus abuelos, ya que las madres trabajan en el exterior, los padres se fueron… Cuando mueren los abuelos, quedan en la calle, y en la calle aprenden como sobrevivir robando o drogándose. Otros parece que siempre vivieron en la calle. Tienen padres que no pudieron cuidar de ellos, por ser enfermos, por estar sin trabajo, por estar en la cárcel, o por drogadictos… Unos están simplemente por error, y no tienen abogados para su defensa. «¿Se da cuenta de algo?», me pregunta el P. Pedro. «Se ven solo niños de la clase baja. No son los únicos en Paraguay que roban o tratan con drogas. Pero los de clases altas tienen abogados y padres que pagan…» Antes de poder preguntar, el P. Pedro habla de los abogados del Movimiento que lo ayudan con estos y tantos otros casos.

Vamos a la capilla de la cárcel, este lugar, donde el Padre Pedro ha bautizado a tantos de los jóvenes, donde recibieron la primera comunión… La capilla sirve como un tipo de sala de usos múltiples, no podemos entrar en este momento, pero por la ventana miro y veo la imagen de la Mater en la pared. Silenciosamente, la corono «reina y abogada» de este lugar. «Alguien debe ser nuestro abogado, alguien debe interceder juzgarnos por nuestros derechos», dijo el Padre Kentenich en el campo de concentración en Dachau, al nombrar a la MTA, frente a la falta de derechos, madre y reina abogada. Dachau, aquí y ahora. La Madre tres veces Admirable visita a sus hijos en este lugar de falta de derechos, de falta de honor, de falta de hogar. Caminaba por Dachau en personas como el Padre Kentenich. Hace una visitación en esta cárcel de Itauguá, camina de celda en celda en la persona del Padre Pedro…

«No todos son santos», me dice el P. Pedro. Me cuenta unas historias criminales dignas de una novela, como de historias trágicas que se descargan en confesiones largas y con muchas lágrimas. Me habla de milagros. «No se trata de una segunda opción», dice, «para muchos de ellos es la primera de su vida.»

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Casa Madre de Tuparenda

Con esto llegamos a su idea predilecta: una casa a la sombra del Santuario de Tuparenda, una casa para cuando salen de la prisión y no tienen donde ir… Una casa donde puedan aprender algo, y como «no encuentran trabajo con antecedentes penales», donde puedan trabajar para ganar su sustento… El sueño de esta casa que unas semanas después de esta visita comenzó a concretizarse con la bendición de la ermita. Espiritualmente vacío mi cuenta corriente, pues lo que tengo en mis bolsas en efectivo apenas basta para una merienda de uno de estos sábados cuando viene el Padre Pedro… (pero al menos para esto basta).

Estaba preso y me vinieron a ver (Mt 25,36). El Papa Francisco quiere hacer en cada mes del Jubileo de la Misericordia un gesto de misericordia, creando algo que perdure al jubileo. ¿Podría Schoenstatt también?

¿Podría la Casa Madre de Tuparenda ser algo que quedará del Jubileo de la Misericordia?

No todos pueden tener el privilegio de tomar su primer tereré en el Centro Educativo Itauguá. Pero todos podemos rezar por estos niños, y tal vez aportar algo más para la Casa Madre de Tuparenda y el trabajo del Padre Pedro.

Fue el mejor tereré de mi vida. Gracias, chicos de Itauguá, por su amistad.

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Donaciones:

En Paraguay:

Banco GNB
Cta Nro. 001-065259-003
Congregación Padres de Schoenstatt

En Europa

Schönstatt-Patres International e. V.
IBAN  DE91 4006 0265 0003 1616 26
BIC/SWIFT GENODEM1DKM
Uso previsto: P. Pedro Kuehlcke, Casa Madre de Tuparenda

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