Publicado el 2015-06-20 In Proyectos

«Cuando se nos necesita, vamos todos y ayudamos»

PARAGUAY, Fundación Dequení: Entrevista con Basilio Santacruz, líder de la comunidad El Carmen, en Arroyos y Esteros, con motivo de los 30 años de Dequení •

Don Basilio es el tipo de persona que cuando te ve venir, camina hacia vos para acortar distancias. Llega erguido bajo su cielo de Arroyos y Esteros, bajando la calle que lo trae hasta las ventanas apimpolladas del Centro Comunitario que él levantó con esas manos que extiende para saludar. “Peguahéke”, dice. Y con la mano que le queda libre se quita el sombrero pirí para entregar el agua de sus ojos que tiene el marrón del río Manduvirá, y que tiene su hondura. Es el líder. Del tipo que lo es porque el quebranto de los demás es su quebranto, y porque la alegría de los otros le endulza ese rostro que se prepara para la charla “koa ha’e ñande róga guasu”, dice, con orgullo. La casa grande, aquella donde los sueños, como el pan, se comparten entre los presentes…

Basilio Santacruz vino al mundo hace 57 años. En la suya, que fue una infancia donde la dulzura se bebía del aire que corría entre los cañaverales, estaba su padre, don Delio Santacruz Flor, quien le enseñó el lenguaje de la tierra, y su madre, Juliana Cubilla, que le enseñó el resto.

Basilio cuenta, en guaraní: “yo me dedico a plantar caña de azúcar, como mi padre. Mi hijo planta conmigo, allá arriba, y uno de mis hermanos –son cuatro-, hace miel de caña”.

Para mostrar de qué lugar habla, señala con el dedo el paraje hundido entre los mechones de verde que se ensombrecen con la garúa que empieza a caer sin hacer ruido. “Más tarde les llevo”, promete.

Menciona a Natalicia Galeano, y la mirada se le ablanda. Es su mujer, la que le dio el hijo, la que sabe de lo que él habla porque fue ella quien habló primero de esto: “Mi señora fue la primera presidenta de la comisión comunal”, explica.

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Sueños comunes

Enmarcado entre los cielos transparentes y las filas apretadas de caña de azúcar, la comunidad El Carmen tiene una historia marcada por dos extremos: las inundaciones, por un lado, y por el otro, la lucha por el agua potable para cada hogar.

Si no lo hacían juntos, hoy las familias seguirían acarreando agua del río, como Basilio Santacruz recuerda que lo hacían cuando era un niño. Pero se juntaron, formaron un Centro Comunitario, solicitaron el terreno, donde levantaron pieza por pieza lo que hoy es la casa de todos, y sus sueños compartidos empezaron a cumplirse: “Tuicha okambiá la ñande vida”, asegura él.

-Don Basilio, es hermosa esta casa que tienen y comparten entre todos…

-Este terreno era fiscal, y eso nos dieron, pero nosotros levantamos la casa y formamos el Centro. Ahora ya es fácil porque a través del centro comunal se consiguió asistencia de la Fundación Dequení y a los niños les dan útiles, ropa para la escuela, se les dan alimentos, asistencia en salud y seguimiento escolar.

-¿Todo se canaliza a través del centro comunal?

-Sí. Acá se hace desparasitación, vacunación, se les da salud bucal. Tenemos anotados 300 hogares para que reciban esta asistencia, y las familias se anotan sin requisitos. Todo el que quiera se anota.

-¿Se paga alguna cuota para ser parte del centro comunal?

-Se paga 5.000 guaraníes mensuales. Acá nos reunimos toda la semana, las madres preparan desayuno y merienda para los niños que reciben clases de refuerzo y de motivación. También se dan clases de peluquería los sábados, y en este diciembre se reciben chicas y muchachos también. Es importante para ellos esta profesión.

-¿Por qué?

-Porque acá lo que más hay es pelador –de caña de azúcar-, y son mano de obra barata, pero con la peluquería se gana más.

-¿Cuántas personas trabajan acá?

-Dieciséis, y son todos voluntarios.

-¿Cómo fue para que lo eligieran presidente del Centro Comunitario, don Basilio?

-Yo estoy hace cuatro años como presidente, y antes de mí estuvo mi esposa. Y salió de una reunión nomás; che elegí como autoridad sin conflicto, en total tranquilidad.

-Un niño que viene al centro comunitario, ¿en qué cambia?

-Para las criaturas, el cambio es grande, porque acá se les sigue su rendimiento escolar. Antes, la mayoría dejaba porque sí la escuela, y ahora ya no, y también se les ayuda a las familias a documentar las criaturas. Se concientizan a los padres.

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El milagro…

Don Basilio nos lleva hasta más allá de los cañaverales que planta con su hijo, y que alguna vez plantó su padre con él. Nos muestra la casa donde creció (ventanales antiguos, corredores frescos, la sombra de los retratos suspendidos de clavos invisibles), nos hace caminar sobre la alfombra de la caña de azúcar ya exprimida por el trapiche y nos deja oler la miel que hierve encima de los leños. “Se vende a 5.000 la botella”, cuenta, quejándose de los caminos que por el mal estado no les deja sacar el producto cuando llueve.

-¿En cuánto tiempo consiguieron la planta que le da agua a la comunidad, don Basilio?

-Siete años batallamos. No conseguíamos, hasta que la Fundación Dequení gestionó con la empresa Coca-Cola para que nos ayudara. Ahora tenemos agua en nuestras casas.

-¿Cómo se las arreglaban antes de eso?

-Usábamos pozo, traíamos del río en tambor, carretilla, kuñakuéra iñakâ ari ogueru y. Resulta que acá hay tres meses de seca, y 3 meses de agua, pero ahora eso ya no se tiene en cuenta porque tenemos la planta. Ahora las criaturas ya pueden ir a estudiar tranquilas, porque antes tenían que dejar todo para ir a buscar agua, y ahora ya no se necesita eso. Tienen más tiempo hasta para jugar.

-Díganos esto, don Basilio: ¿qué le mueve a hacer todo este trabajo por la gente que vive acá? ¿Por qué deja su cañaveral para asistir a una reunión, o para organizar una actividad?

-Porque me gusta el trabajo con las criaturas, con la comunidad, me gusta ver que se avance. Yo sé dónde tenemos que ir cuando se nos necesita, y vamos y ayudamos. Si hay que hacer un pozo, todos vamos y lo hacemos, porque así también un día a nosotros nos ayudan los demás.

Don Basilio Santacruz nos despide con el mismo apretón de manos del principio, se coloca el sombrero en la cabeza y vuelve a sus tierras donde las hileras de caña de azúcar, recostadas las unas por las otras, crecen vigorosas bajo el cielo de Arroyos y Esteros.

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Lo hacemos por los niños…

Cada uno desde su lugar puede aliarse a Dequení. «Lo hacemos por los niños». Con una beca (55 €) anual un niño puede ir al colegio. Con un aporte mensual entre 18 – 35 Euro uno se puede convertir en padrino de un niño para todo lo que necesita para crecer en dignidad. Empresas pueden aportar, se aceptan voluntarios, se puede difundir entre familiares, amigos y colegas, se pueden hacer rifas, y tanto más, y el amor se hace creativo…

Más opciones en la página de Dequení: www.dequeni.org.py

Dequeni en las carpas virtuales de la cultura de alianza

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