Publicado el 3. mayo 2015 In Proyectos

Vendía chicles, hoy vende inversiones

Para los 30 años de Dequeni, publicado en el diario Ejempla, Paraguay •

Cuando era niño vendía chicles en la calle, hoy es vendedor de inversiones en un banco. Derlis Cáceres está convencido de que el éxito en la vida depende de las personas de buena voluntad con las que te cruces por el camino.

Allí estaba él, tomando tereré junto a sus compañeros de calle. Con un sorbo de esa refrescante bebida intentaba apagar la sed que le quemaba la garganta, pero no lo conseguía, porque no se trataba de una sed por falta de agua; sino de dignidad como ser humano.

Ese adulto en el cuerpo de un niño soñaba con que un día las cosas iban a mejorar, que ya no sería uno más de los excluidos. “A nadie le importa que estemos aquí, nadie nos ve, nadie nos siente”, pensaba mientras cargaba un poco de agua en aquella guampa alquilada, en la plaza ‘Marcelina Insfrán’, frente a la iglesia de San Lorenzo. Ese mismo día conoció a ‘El Pelado’.

—¿Qué venden?, preguntó el recién llegado.

—Chicles y caramelos, se apresuró Derlis en responder.

En realidad el desconocido no tenía intenciones de comprar sus productos, sino de hacerles una propuesta. Se presentó como Juan Oviedo de la Fundación Dequení y venía acompañado por Raúl, “el que sí tenía pelo”, agrega entre risas. Les preguntó si les gustaría trabajar en otro lugar, para no estar más en la calle que es muy peligrosa.

Entre los diez niños estaban los incrédulos, ellos se retiraron enseguida y siguieron con sus ventas. Seis se quedaron por curiosidad simplemente o tal vez porque sintieron que era la oportunidad que esperaban. “A mi me llamó la atención porque era la esperanza que yo tenía, sentí alegría de saber que eso se podía. Seguí escuchando y mis compañeros también”, recuerda.

Juan y Raúl los invitaron a ir hasta el local ubicado sobre la Ruta Mariscal Estigarribia Km 9, en Fernando de la Mora. Les indicaron que llevaran sus documentos y se inscribieran al curso. La propuesta era trabajar como empaquetadores en los supermercados, que en aquel entonces comenzaban a instalarse. “Se despidieron y se fueron, me imagino que se fueron a hacer su campaña con otros chicos”, rememora Derlis, no olvida ningún detalle de ese día que cambió su historia.

¿Cómo llegó a la calle?

Un par de niños se sube al bus. Chicle, caramelo… dice uno, escoltado por el que pareciera ser su hermano menor. Se lo nota cabizbajo y avergonzado. Al terminar, esperan en el fondo a que el chofer detenga la marcha para descender. Las personas que van ómnibus parecen que se han acostumbrado. Esos chicos sienten que ya no son parte de la sociedad.

“Yo nací en Pilar, departamento de Ñeembucú. Mi papá es originario de Ybycuí, departamento de Paraguarí. Como era vendedor de calle, tenía muchos clientes pilarenses. En uno de sus viajes conoció a mi mamá, ahí se encantaron y nací yo”, cuenta. Cuando cumplió dos años, su familia migró a la ciudad de Capiatá, buscando mejores oportunidades laborales. Fue una decisión acertada ya que fueron siete años de prosperidad.

Su padre comenzó a trabajar en una estación de servicio y fue ascendiendo hasta convertirse en apoderado de la firma y llegó a administrar diez locales. Pero este gran vendedor tenía un grave defecto: era adicto a los juegos de azar. Fue así que apostó todo lo que tenía y se quedó con las manos vacías. “Perdió todo lo que consiguió en las apuestas y nos quedamos sin nada, pero ni para comer te hablo”, enfatiza Derlis.

Dar es recibir

Actualmente Derlis apadrina a un niño de Dequení, porque está convencido que con su aporte les puede cambiar la vida.

Para aquel entonces el matrimonio tenía ya cuatro niños: Derlis había cumplido 10 años, Jorge de 8, Luis Gemán de 6 y Magnolia, que recién había nacido. Sus padres se separaron y ellos quedaron con la mamá. Conservaron la casa gracias a que estaba a nombre de ella. “Mi madre trabaja en el Km 15 frente al shopping. Tenía una frutería y con lo que ganaba allí comenzó a pagar por una casa, estaba a punto de pagar todo, cuando pasó lo que pasó”.

Lo que Derlis le agradece a su padre es que siempre le mandó a una escuela pública, gracias a eso conoció a muchos chicos que estaban peor que él. Sus amigos, que siempre iban a su casa para merendar, se dieron cuenta de que las cosas no andaban bien. Uno de ellos, llamado Fredy Vargas, les dijo a Derlis y a Jorge para ir a vender golosinas en San Lorenzo. “Tenía mucha vergüenza para vender, al comienzo se me quebraban las palabras; pero nos armamos de valor con mi hermano, a él le pasaba lo mismo. Hoy le agradezco a Dios porque hasta ahora me dedico a las ventas y es lo que me apasiona. Todo lo que se ahora lo aprendí en la calle», comenta.

El cambio de vida

Derlis era uno de los que 70 niños que asistieron los dos meses que duró la capacitación para trabajar en el supermercado. Al final tuvieron que rendir un examen práctico y teórico porque solamente habían 45 puestos. «Al comienzo iban a agarrar a 30 de nosotros. Nos explicaron que como era un negocio muy nuevo tendrían que probar primero para ver qué tal les iba», explica. En la primera selección solo quedó él, a su hermano le dijeron que no tenía la edad que ellos estaban pidiendo, pero que se estaba por abrir otro local y le volverían llamar para trabajar allí.

«Recuerdo bien que en la calle yo sacaba entre 15 y 20 mil guaraníes por día. En mi primer día en el super saqué 80 mil guaraníes, era mucho dinero para mí; no me imaginé sacar esa cantidad en un solo día. Después mantuve un promedio de 50 mil guaraníes por día y en casa no volvió a faltar nada», asegura.

Mientras tanto, su hermano seguía vendiendo chicles en la calle. Ya no era precisamente por necesidad, ya que gracias a la ayuda del hijo mayor, la mamá puso un pequeño negocio en la casa, lo que ayudaba a cubrir los gastos. El motivo era que era adicto a los videojuegos y al salir a trabajar afuera, tenía mayor libertad. «Asumo que yo también tengo ese vicio. Todos los que están en la calle tienen de alguna u otra forma caen en esa adicción. Si sabes controlar es positivo, porque a mí me dio mucha lógica y hasta ahora sigo jugando. Lo malo es que usan todo su dinero en los videojuegos, en tragamonedas, en las apuestas», explica Derlis.

Un año más tarde, la fundación cumplió su promesa y Jorge empezó a trabajar en otro super. Al final ganaba mejor que su hermano. «Él mantenía un promedio de 80 mil por día. Yo, de pichado le decía que eso era porque se abrió recién no más. Allí apliqué una filosofía que mantengo hasta hoy, dije: acá no estoy ganando lo que debería ganar, voy a ir a buscar trabajo allí», admite.

Las personas de buena voluntad son las que ayudan a que se lleven a cabo campañas que ayudan a que los niños sean felices de una manera digna.»

— Derlis Cáceres

Entonces fue hasta la oficina a hablar con quien entonces era el gerente, Horacio Rey. Le dijo que quería trabajar con ellos porque allí se ganaba mejor. Don Rey no le tomó muy enserio, le dijo que debía dar la oportunidad a otro. Finalmente, luego de tanta insistencia, le dijo que le llevara su currículum. «Era evidente que no me iba a hacer caso, al día siguiente le llevé a mi mamá. A ella le dije que ya estaba todo acordado. Don Rey dijo que yo era un caradura y habló un rato con mamá, después sale y me dice que empezaba al día siguiente, a las dos de la tarde. Ahí estuve hasta que cumplí 18 años.

En todo ese tiempo siguió estudiando en el Colegio Nacional Carmen de Peña de Capiata. Nunca olvida a los tres buenos amigos que le ayudaban a cumplir con todas las tareas: Katya Guerrero, Andrea López y Richard Ocampos. «Siempre entraba a clases después del recreo. A la siesta iba a comer en lo de Richard, quien me enseñaba lo que dieron en Matemáticas; cuando debía hacer las tareas de inglés comía en la casa de Katya, para los exámenes pedía permiso en el trabajo y nos juntábamos para estudiar».

Le faltaba su juventud

Derlis tenía ventajas sobre sus compañeros, era independiente, disponía de su tiempo y podía comprarse lo que quería porque ganaba su propio dinero. Las conversaciones de los demás estudiantes le parecían muy simples, sentía que ese no era su lugar. Pero en realidad el sentía envidia, envidiaba el tiempo libre que ellos tenían. «Yo me moría porque llegue viernes porque era mi día libre en el super y me quedaba en el colegio hasta tarde jugando volley», cuenta.

Cuando estaba en el último curso del colegio, su papá regresó y decidieron juntar dinero para poner una carnicería, con la condición de que iba a ser administrada por la madre y los hermanos. Ese negocio les permitió cubrir todos los gastos del hogar sin la necesidad de trabajar afuera. Entonces Derlis y Jorge aprovecharon al máximo ese año. «De allí recuerdo a otro de mis ídolos, Mujica, que siempre menciona la frase de Séneca, quien dijo que pobre no es el que tiene poco, sino el que necesita mucho. Yo no necesitaba dinero, necesitaba ser feliz».

El tercer hermano siguió el ejemplo de los mayores y también trabajó en el super. Pero a él lograron convencerle de no concentrar su atención solo en el trabajo, sino que a la par estudiara en el Colegio Técnico Nacional. Así fue como se recibió en el Bachiller Técnico en Mecánica Industrial.

El 2003 se acabó y Derlis se dio cuenta que el negocio ya no era suficiente. Intentó recurrir nuevamente a Horacio Rey, pero él ya era gerente general de la cadena, era imposible hablar con él. Entonces, decidió ir hasta el super en el que había trabajado cuando la fundación lo sacó de la calle. Allí se encontró con Fredy Cabrera, quien en ese momento ya era Jefe de Compras. «Fue muy grato encontrarlo. le pregunté dónde podía buscar trabajo y me dio el contacto de la encargada de Recursos Humanos para que le llevara mi currículum. Dos meses después me llamaron», cuenta.

Años más tarde consiguió trabajo en una empresa de cobranzas, en la que estuvo por casi diez años y pasó por varios departamentos. Luego, fue parte de un proyecto de una multinacional para traer juegos de azar al país. Hasta que se postuló para una vacante para el área de ventas de Visión Banco, en donde trabaja hasta ahora.

No dar monedas a los niños

Desde su experiencia personal, él afirma que no se debe dar monedas a los niños, porque eso les vuelve cómodos y lo que se vende no es un servicio, es lástima. «A mí ya me daba vergüenza subirme a los colectivos, molestarle a la gente para que me compren, me parecía que no era la forma de presionar. El primer día en que probé limpiar parabrisas fue peor, porque allí lo que vendés no es el servicio, es lástima. La lástima no tiene inversión, es gratis».

Aconseja a quienes estén interesados en ayudar a que aseguren su inversión y que donen a fundaciones confiables. «Asegurate de que ese dinero se use en algo positivo, no le regales a alguien para que tome cerveza. Yo estoy convencido y tengo fe de que si canalizas tu aporte hacia fundaciones confiables como Dequení, estás haciendo una inversión para la vida. Y si querés sacarle a alguien de la calle; dale la oportunidad de seguir estudiando, porque la base para que un niño busque su felicidad de manera digna es la educación», insiste.

Aunque todavía dos de sus centros se dedican a atender a chicos en situación de calle; actualmente Dequení se enfoca más en la prevención del trabajo infantil. Para ello trabajan con los niños desde la primera infancia. Según su Directora, Andreza Ortigoza, hoy más de 7.000 niños, niñas y adolescentes se benefician con los diferentes programas que llevan adelante. Durante los 30 años de vigencia, alrededor 25.000 personas ya han pasado por esta fundación.

Fuente: ejempla.com

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