ermita Bariloche

Publicado el 2021-02-01 In Misiones

De vuelta a donde nació mi vocación misionera

ARGENTINA, Juan Eduardo Villarraza •

Enero de 2.021, después de un año duro para todos, en el cual el trasladarse de un lugar a otro, de visitar a parientes o hacer turismo se convirtió casi en ciencia ficción, decidí que ya había tenido suficiente de quedarme en casa y que enero sería el mes de vacaciones y de confiar en que sería lo mejor para poder apreciar mejor la creación de Dios y de paso, descansar. —

La Patagonia: laudato si’

Por fin llegó el día y después de unas cuantas horas, estaba por fin en San Carlos de Bariloche. Reflexionando un poco, me di cuenta de que era la cuarta vez que estaba en esta hermosa ciudad del sur de Argentina. Tierra hermosa, bendecida por Dios con un paisaje realmente abrumador. Abrumador por la belleza de sus colores, el azul del cielo, lo blanco de las nubes, el azul verdoso del Lago Nahuel Huapi, los terrosos de las montañas coronadas de nieves y glaciares… Todo eso despertaba una alabanza al Creador por regalarnos tanto y, al mismo tiempo, recordaba la necesidad de cuidar este don de Dios Trino que nos recuerda su amor.

Pero no sólo fue la ciudad de San Carlos de Bariloche lo que hacía dar un agradecimiento tan grande y estar en una situación de temor de Dios, en el sentido de saberse pequeño y que la trascendencia es a la vez una cercanía entrañable que se preocupa por darnos alegría y acercar su presencia. La isla Victoria, el cerro Tronador, el bosque de arrayanes, navegar por el Nahuel Huapi… todo ello agregaba y hacía aún más grande el sentirse tan en deuda.

La Patagonia: tierra de misión y cuna de santidad

Vista del Lago Nahuel Huapi y de la Catedral Nuestra Señora del Nahuel Huapi, sede de la Cátedra del Obispo de Bariloche

Pero no es sólo la vida natural la que hace dar gloria a Dios y admirarse por su obra. También la sobrenatural ha estado presente en este lugar, produciendo sus frutos y pidiendo aún mayor entrega para poder abrir las puertas a Cristo, como nos pedía san Juan Pablo II en el sermón del inicio de su pontificado, hace ya más de 30 años atrás.

Solemos identificar a san Juan Bosco, a Don Bosco, como lo llamamos más popularmente, con la evangelización de estas tierras, sin embargo, la tarea misionera ya había comenzado anteriormente.

Haciendo un poco de historia, sabemos que los españoles habían llegado hasta estas tierras australes habitadas por diferentes pueblos originarios como los tehuelches, los patagones y los mapuches, entre otros. Aunque hubo abusos por parte de los conquistadores, también hubo otros evangelizadores que, arriesgando sus vidas y dejando sus familias y renegando de sus títulos de nobleza, decidieron llegar hasta estos parajes y no sólo dar a conocer a Cristo, sino también mejorar las vidas de estas personas ayudándolos de diferentes maneras. Los primeros en llegar fueron los jesuitas, especialmente italianos. Con una visión un tanto avanzada para la época, intentaron llegar a la paz con los habitantes de la Araucanía y durante un tiempo del siglo XVII, lograron una primera evangelización. Especialmente importante para esta zona del sur de hoy en día Argentina, fue el P. Nicolás Mascardi, ligur de origen, es decir de Génova, y que se instaló en la zona del lago Nahuel Huapi y desde allí atendió y misionó. La cúspide de su trabajo fue el martirio, que sin dudas, ha sido la semilla de nuevos cristianos. Fue gracias a él que María vino a estas tierras australes, pues encomendó la misión a Nuestra Señora del Nahuel Huapi.

Posteriormente, hacia fines del Siglo XIX, San Juan Bosco tiene un sueño profético en el que se le revela que debía enviar a sus salesianos para evangelizar estas tierras. Finalmente, diez misioneros llegan a Buenos Aires y luego de muchas peripecias, logran llegar a destino y de a poco, no sin esfuerzos y contrariedades, se dedican a misionar, dignificar y educar a todos, tanto a los naturales, diezmados y empobrecidos, como a los inmigrantes que empezaron a llegar.

Los frutos de santidad se mostraron y hoy podemos verlos en dos jóvenes beatos, uno descendiente de caciques, el beato Ceferino Namuncurá y la beata Laura Vicuña, argentino uno y chilena la otra, pero ambos jóvenes y con una piedad y conciencia de misión muy profundas.

La ermita de la MTA, lugar de mi vocación misionera

La evangelización nunca está terminada y Dios suscita en cada época también nuevas formas de llegar a todo el mundo para que piensen, amen y vivan orgánicamente, es decir, dar a Cristo a través de la Iglesia.

Hace muchos años, la Mater también llegó a Bariloche y decidió quedarse allí en su lugar de gracias, en este caso, una ermita en el Barrio de Nahuel Malal. Este lugar de gracias se suma también a la “geografía de experiencias schoenstattianas” que Dios me ha regalado en estos años de vida, desde que el 20 de enero de 1.992, en el santuario del padre de Florencio Varela experimentara muy claramente el llamado a ser parte de la Familia de Schoenstatt. Más precisamente, en el campamento de verano de la JM de 1.994, una de las actividades que tuvimos fue, a partir de la ermita, salir con algunas imágenes de la Virgen peregrina a visitar familias de los alrededores y recuerdo con especial cariño cómo fui con algunos niños del lugar y otros amigos del campamento a rezarle a la MTA.

Dos años más tarde, en verano también, comenzó mi primera misión universitaria. Si bien los misioneros parábamos en otra parte de la ciudad, y misionábamos en diferentes barrios (me acuerdo que muchos teníamos que tomar el colectivo para ir hacia ellos), la ermita fue el lugar de gracias escogido para finalizar la misión y dar a conocer aún más este lugar de Gracias. Me gustó tanto misionar que, durante una década, seguí haciéndolo todos los veranos con el Movimiento e incluso con las Hijas de María Santísima del Huerto, las religiosas del colegio donde trabajo y después, en las Misiones Familiares.

Gracias a esto, descubrí que la llamada a la misión-evangelización no es algo que se da sólo en los veranos o que es algo para la época de la juventud y nunca más. Es en realidad una forma de vida, una manera de entender nuestra alianza y que implica la vida entera, aun cuando no se “salga” a misionar, como lo demuestra la patrona, santa Teresita.

Es por todo esto que, este año, decidí peregrinar hasta la ermita de la Mater en Bariloche. Fue una hermosa caminata, en la que pude nuevamente, hacer memoria agradecida de todos los bienes recibidos en este tiempo, también aportar al “capital de gracias” por Schoenstatt en Bariloche y por la Federación de Hombres de Schoenstatt en Argentina.

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