Publicado el 29. julio 2019 In Misiones

¿Qué es duro ir a las misiones familiares?

MÉXICO – Roy y Cinthia Garza •

Es muy complicado poner en palabras todo el manojo de sentimientos vividos en la semana que estuvimos en las misiones familiares en el municipio de La Asunción en Nuevo León, México. Ya habíamos escuchado en años anteriores de las familias que regresaban “plenas” con la experiencia y este año tuvimos la fortuna de poder ser parte de este equipo tan especial. Era la primera vez de una misión en la corta vida de nuestros hijos y no sabíamos bien qué esperar, así que desde un principio abrimos nuestro corazón para esperar “todo” de esta aventura, y de igual forma abrimos nuestras manos para entregarlo “todo”.—

“Vayan por todo el mundo, anuncien la buena noticia a toda la creación…” (Mc 16,15)

La comunidad de La Asunción nos acogió a lo grande, cada familia abría sus puertas durante los visiteos, recibiendo a los misioneros que llevaban adelante a la Virgen Peregrina. Los pobladores, gustosos de volver a recibirnos, recordaban anécdotas de años anteriores y se mostraban muy emocionados de participar nuevamente en las dinámicas y actividades que se tenían preparadas.

Del otro lado de la misión, hacia el interior, el grupo se fue acoplando rápidamente. Lo que experimentamos ahí fue Schoenstatt puro y vivo durante una semana. Siete familias y veinte miembros de las juventudes femenina y masculina estuvimos conviviendo bajo un mismo techo, compartiendo el pan, las tareas diarias, preparando los temas y tomando las pláticas espirituales de cada día. Juntos, hicimos familia de familias. Nuestros hijos aprendieron enormemente de sus nuevos hermanos misioneros y gozaron a lo grande jugando y misionando con todos los niños del pueblo… ¡el mejor campamento de verano al que pudieron ir!

Esperanza renovada

Por nuestra parte, pudimos ver a un grupo de jóvenes schoenstattianos altamente comprometidos. En ellos vimos a esa juventud que transformará el mundo, porque cada uno de esos jóvenes está lleno de Dios. No cabe duda de que lo que pasó allí fue obra de nuestra Madre María, que transformó nuestros corazones para entregarlos a esa pequeña comunidad, sacando lo mejor de cada uno de nosotros. El ímpetu fue tanto, que un día nos sorprendió un bello arcoíris que cruzó por completo el cielo del pueblo. Rápidamente salimos todos a contemplarlo, sabiendo que era Dios quien nos saludaba y nos bendecía desde lo alto para continuar nuestra misión.

Como matrimonio, estamos orgullosos de pertenecer a esta gran familia de Schoenstatt, en la que nuestros hijos podrán crecer en amor a Dios y al prójimo.
Sí, es verdad que la tarea resulta cansadora, pero nada es suficiente y la entrega es total cuando se va a misionar en nombre de nuestra querida Virgen María.

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