Publicado el 14. abril 2019 In Misiones

Misiones Familiares: un signo concreto de la Iglesia de las nuevas playas

CHILE, P. Andrés Larraín, via Vínculo •

“El Familión salió a misionar” se titula el artículo que aparece en el último número de nuestra Revista Vínculo (y en Schoenstatt.org) que nos permite asomarnos a la experiencia vivida por uno de los 10 grupos de misiones familiares que se realizaron durante este verano.—

Hoy muchos nos preguntamos ¿cómo podríamos desarrollar nuevas experiencias de Iglesia; cómo podrían ser las relaciones entre consagrados y laicos; cómo tener profundas experiencias de fe y de apostolado? Estas preguntas de alguna manera son siempre nuevas y siempre viejas y al mismo tiempo, nos invitan -y casi nos exigen- a dar nuevas respuestas. Creo que en las misiones familiares tenemos una realización que expresa en muchos aspectos la “Iglesia del futuro”, donde los laicos y consagrados hacen cada uno “lo que tienen que hacer”, con espacios de encuentro familiar, de oración, de pasarlo bien (muy, muy bien) y de profunda unión entre lo natural y lo sobrenatural

Los inicios

Las primeras misiones familiares surgen por la inquietud de un grupo de familias con hijos adolescentes, quienes tuvieron junto con el P. Hernán Alessandri una experiencia que les permitió como familias:

  1. realizar una actividad apostólica
  2. ponerse al servicio de la Iglesia
  3. conocer la realidad del país

Todo esto como expresión de su compromiso cristiano. Este compromiso cristiano, válido y propuesto para todo el mundo, tenía que ir tomando formas y expresiones que nos permitieran vivir lo que queríamos. Hubo muchos intentos que, en diálogo entre los papás, los jóvenes y el P. Hernán, fueron transformándose en costumbres probadas que expresaron en sentido amplio nuestro mundo de Schoenstatt.

El camino no ha sido fácil. Al inicio las preguntas eran muchas: ¿cómo los iba a recibir una comunidad que está acostumbrada a recibir a estudiantes o universitarios en misiones; cómo sería la comunidad misionera; cuál era la responsabilidad de los papás, de los jóvenes, de los sacerdotes? El anhelo era claro: en familia, hablar y compartir la experiencia de familia, a la luz de la Fe y del Evangelio.

Permitir que el Señor hace la misión

Muchas veces a punta de prueba y error las misiones fueron tomando forma. Un aprendizaje y desafío es responder a los desafíos que presenta la misión. Cada situación concreta nos fue mostrando lo que significa no tener todo controlado y permitir que el Señor fuera “haciendo la misión”, lo que se transformó en una experiencia de su presencia real y palpable y de una fe que se hace concreta.

Cada una de las actividades y la manera como se hacían: las visitas casa a casa, las reuniones de cada día en las que los papás se juntan con los papás y los jóvenes con los jóvenes, para conversar de los temas y desafíos que tiene cada momento de la vida y de la misión; la tarde con los abuelos, con los niños, las visitas a la cárcel, a los hogares de abuelos, etc. iban pasando por ese filtro y criterio familiar, para hacer de cada actividad un encuentro personal y comunitario.

Otro desafío para este criterio familiar fue la incorporación de nuevos miembros. ¿Cómo invitamos a nuevos jóvenes o matrimonios? En el caso de los jóvenes la idea es que los hijos de las familias que van, puedan invitar a amigos y darle prioridad a los hermanos de los que ya van. La incorporación de nuevos matrimonios se dio por el interés de algunos en participar y en la medida que algunos de los fundadores, por diferentes razones, se fueron retirando y dando espacio a otros interesados.

Otro de los desafíos es encontrar obispos o sacerdotes que crean y acepten recibirnos. Cuando nos preguntan de dónde vienen, quiénes son, quién los respalda… la respuesta es que somos un grupo de familias y jóvenes que queremos hacer misiones; que algunos (muchas veces la mayoría), pertenecen al Movimiento de Schoenstatt… Hay un salto de fe de la comunidad misionera, del obispo del lugar y del párroco que nos acoge.

Al servicio. Siempre y sólo al servicio

La clave es ponernos al servicio de la comunidad y del párroco, del plan pastoral o de sus inquietudes. Lo que exige mucho diálogo.

Sólo nuestra presencia en el lugar genera reacciones. Muchos se extrañan al encontrarse con católicos misionando por las calles. Se extrañan más cuando ven a papás y mamás, muchas veces tomados de la mano, caminando por las calles en vez de estar descansando en unas merecidas vacaciones; al ver a grupos de jóvenes compartiendo con la gente, entrando a las casas, conversando de la vida, a veces haciendo el aseo, cocinando… como en una familia.

El ser acogidos en las casas y sobre todo en el corazón de tantas personas; tener el privilegio de escuchar sus historias y sus vidas, compartir sus penas y alegrías, descubrir que aparecen palabras, intuiciones que no son de nosotros… nos va regalando la experiencia de acoger y ser acogidos, de que algo va cambiando en nosotros y en quienes nos abren las puertas, y que no podemos volver a nuestras casas igual que antes.

La presencia del Señor y de la Santísima Virgen se hace patente de diferentes maneras: por un lado, el colegio y la sala que se ha transformado en nuestra capilla, se van haciendo hogar, van tomando las características de nuestra misión y nos van conformando a nosotros.

Anticipo de una Iglesia renovada

Cada uno de los que participamos pertenecemos a dos familias: nuestra familia natural (los papás con sus hijos y los amigos que han invitado) y nuestra familia misionera (el pueblo se divide en sectores, cada matrimonio recibe un grupo de misioneros que visitarán las casas del sector que les tocó misionar). Las experiencias que el Señor y la Santísima Virgen nos van regalando en cada una de esas familias, van haciendo de cada una de ellas y de la misión familiar, una comunidad de corazones y de trabajo.

Son tantos los testimonios de renovación, que estamos seguros que las misiones familiares son un anticipo y una escuela para la nueva Iglesia que soñamos y que las circunstancias nos exigen: una Iglesia conformada por todos, con espíritu familiar y participativo, con un principio de autoridad paternal y maternal asegurado por los papás, mamás y los consagrados que acompañan; con relaciones fraternales; con autonomía juvenil para inspirar y animar; con un contacto sencillo y cercano con la realidad, entendiendo la fe y la misión de la iglesia como un camino de encuentro y sentido en las penas y alegrías, las esperanzas y necesidades de todos, especialmente de los más pequeños y vulnerables.

Si la Iglesia que está naciendo tiene rostro familiar y está llamada a ser escuela de vínculos sanos entre Dios y la Humanidad, entre nosotros y entre todos con la creación y la realidad, las misiones familiares tienen mucho que aportar en esta hora.

Basada en un documento titulado “Misionar en Familia, una nueva experiencia de Evangelización”, autor desconocido.

Fuente: Vínculo, Abril 2019.

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