Publicado el 28. septiembre 2016 In Misiones

Las misiones familiares en Italia

ITALIA – Padre Alfredo Pereira •

El arte de sonar las campanas, golpear a las puertas, la Madre Peregrina que recorre todo el pueblo, la vida comunitaria, las liturgias con la gente de la ciudad, la acogida de la gente, el compartir….

Un desafío de nuestro tiempo

Cuando hay tantos interrogantes sobre la familia, de diversos géneros: antropológicos, sociales, políticos y sobre todo religiosos, Dios llama a algunos matrimonios a fin de que su amor matrimonial se vuelva también misionero, es decir, un amor que se exteriorice fuera de su hogar. El Padre Kentenich, fundador del Movimiento de Schoenstatt, incita a las familias, ya en los años 60, a no olvidarse justamente que la familia tiene un deber esencial en la evangelización y en la conformación de la sociedad y que una cierta pasividad en este campo, sumada a la creciente crisis de fe, habría llevado consecuentemente, a una crisis de la familia misma. La familia tiene una misión en sí, su fuerza y su belleza reside en el testimonio verdadero, por eso, no sirven tanto los libros, las palabras, los discursos.

Las misiones familiares nacieron en Santiago de Chile, a fines de los años 90, en torno a la parroquia “Nuestra Señora de los Dolores”, con el impulso y la determinación del Padre Hernán Alessandri (Padre de Schoenstatt que actualmente está en proceso de canonización). Él habló mucho sobre la importancia de una empresa como ésta. Y repetía frecuentemente: “La familia no nace pero se vuelve misionera”. Poco tiempo después, fueron difundidas con mucho vigor en Paraguay y Argentina. Hoy también están en España, Portugal, Costa Rica, Brasil y Ecuador.

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¿Cómo funcionan?

Se elige una parroquia donde hacer la misión. Generalmente en un pueblo, no en la gran ciudad. Se coordina previamente con el párroco y se establece la fecha de la misión y lo que sea necesario, tanto a nivel de infraestructura, como desde el punto de vista espiritual (animación del mes, confesiones, encuentro con jóvenes, madres, familias, niños, teatro, etc.) para que la experiencia pueda comprometer interiormente a los misioneros. Hemos notado que el tiempo ideal oscila entre los 5 y 7 días.

El grupo misionero está compuesto al menos por 5 matrimonios con sus hijos, más otros jóvenes, amigos de los hijos, etc. Así resulta una proporción aproximada de 1 adulto cada 5 jóvenes. De modo tal que sea, sobre todo, una experiencia que involucre a los jóvenes y que ellos se sientan cómodos. Así la experiencia de familia apunta a su propia meta y el aspecto misionero compromete su propio horizonte. Hay, de este modo, una Iglesia naciente fundada sobre bases y los deseos de una familia cristiana y el compromiso para un protagonismo en la Iglesia.

¿Cuál es entonces la belleza de la cual hablamos?

La belleza se encuentra en el hecho de que la familia en el transcurso de los días se vuelve misionera; padres, jóvenes y niños juntos se ponen a disposición del Evangelio y de los hermanos de la comunidad en la cual se encuentran. Una verdadera revolución en los adultos y en los jóvenes, porque es una experiencia 100 % de fe, de compartir, de familia, de servicio; lo más bello es que no hay tiempos para las teorías.

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¿Cómo nacen en Italia? El obrar humano y la Providencia

El Padre Alfredo, capellán en la Universidad Roma Tre y asistente de los jóvenes de la parroquia Santi Patroni, en una charla casual con un par de matrimonios, cuenta que debe asistir a un párroco amigo durante la Semana Santa, y allí pensando en una animación conjunta entre jóvenes y familias, lanza la idea de hacer algo diferente para la Semana Santa. Así, con el deseo de arriesgar, como apeló el Papa, de salir y tornarse menos autorreferenciales, indujo a matrimonios y jóvenes a probar esta nueva experiencia. El resultado fue la primera Misión Familiar en Italia.

Estamos convencidos de que la Virgen esperó el momento oportuno y, afortunadamente, hemos respondido a la señal.

El recibimiento del P. Moreno, párroco de Val di Zoldo, frente a esta nueva iniciativa fue otro signo de la Providencia. Sin entender demasiado lo que iba a suceder con todo esto, nunca dejó de ocuparse de nosotros con esmero, atención y cercanía.

Después de la primera, viene la segunda… y la tercera, por qué no?

Después de la excelente experiencia, encontrar consenso para la segunda misión fue más fácil. El boca en boca y el entusiasmo de los primeros fueron muy convincentes para la invitación a una segunda misión. Acá volvemos siempre al viejo dicho “Las palabras se las lleva el viento, son los hechos los que cuentan…”, sin el testimonio no hay ninguna posibilidad de desarrollar una experiencia misionera.

Las familias llegaron a ser cinco, más otros 35 jóvenes. En total, éramos unas cincuenta personas.

Esta vez, el P. Moreno nos puso a disposición un jardín de infantes que velozmente se transformó en el foco de la misión.

Después de haber hecho la segunda experiencia, hemos ganado no sólo más experiencia, sino también conciencia de que acá Dios se está manifestando muy fuertemente y que debemos, por consiguiente, comprometernos más para responder con fidelidad a su llamado. Por lo tanto, una tercera misión viene por añadidura.

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La atmósfera

Internamente se respira la familia, con todos sus posibles matices, que realzan lo importante de la experiencia de la familia en el interior de la evangelización. A partir del ejemplo de los más pequeños que incansablemente de la mañana a la noche traen alegría, entusiasmo ¡y tanta bulla! Sin dudas, esto genera una especie de cadena que contagia a los padres, universitarios y alumnos de la escuela secundaria. No es fácil explicar, pero la inocencia y la alegría con que los chicos participan de las actividades y de la misión en las casas se transforma en una lección para nosotros adultos, porque a menudo las cosas son más simples de lo que nosotros nos imaginamos y ellos, sobre este punto, están mucho más adelantados.

Así como es importante la presencia de las familias, padres e hijos, también es importante la presencia de los jóvenes, de escuelas secundarias y universitarios, porque son también ellos los que crean la belleza de la misión. Cuando la atmósfera no tiene la frescura de la juventud, los chicos lo advierten rápidamente y gradualmente pierden interés. Después, también es importante trabajar sobre la experiencia del crecimiento de los jóvenes, obviamente aceptando sus imperfecciones y su inmadurez, pero apreciando la fuerza, la creatividad, la alegría, y el compromiso que producen los chicos en el centro interno de la misión.

La vida en común

La misión familiar lleva consigo dos dimensiones, una externa y una interna. La dimensión interna se basa en el compartir espiritual y comunitario de los misioneros. Cada día, la jornada comienza en la capilla con la oración de la mañana. Cada misionero pertenece a una familia a la cual hace referencia. Después de varios servicios a realizar, como en un campamento de verano (espiritualidad, servicio durante las comidas, la limpieza de los lugares comunes) hay siempre una reflexión hecha por el sacerdote que acompaña, caracterizando el día con algunos valores y aspectos de la misión; después, los padres renuevan el envío de sus hijos a la misión y se va a misionar puerta por puerta, buscando a las personas. El pueblo está repartido entre las familias misioneras, de modo que pueda cubrirse toda la zona.

Durante las comidas, no solo se comparten los alimentos sino la experiencia realizada en el día. Luego está la recreación, un momento divertido, para conocerse, reírse y finalmente el recogimiento en la capillita como última entrega de la jornada.

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María la primera Misionera

En cuanto a la dimensión externa, María es la primera misionera, aquella que se confía plenamente a la voluntad del Señor, y sin descuidar su entrega plena a Dios, está siempre a disposición de los hombres. María nos enseña la relación armoniosa entre la contemplación y el servicio, entre la intimidad y la vida comunitaria, entre la oración y el apostolado. Así, como es la primera interesada en que el amor de su Hijo llegue a todos, Ella llama, Ella nos elige, Ella nos invita, Ella abre las puertas, Ella es la que habla e intercede, Ella se ocupa de sus hijos, Ella hace que una comunidad se convierta en familia. Por eso, cada matrimonio misionero lleva una Imagen de la Virgen y la finalidad de las visitas no es otra cosa que la oración, el compartir, la escucha recíproca. Aprendemos unos de otros, nos apoyamos mutuamente. Y si la ocasión lo permite, invitamos a las personas a las actividades parroquiales y a las liturgias. Dejamos una estampita de la Virgen y prometemos llevarlos a la capillita donde, unidos a María, rezamos unos por otros.

La Semana Santa – La Pascua del Señor

La Semana Santa es la fiesta más importante los cristianos y, lamentablemente, en las grandes ciudades a veces se pierden ciertas tradiciones. Los jóvenes están menos comprometidos y animados, a veces por los largos ritos que los aburren y hace que ellos no perciban la belleza de los símbolos y la fuerza de estas fiestas. Por eso, la Semana Santa nos da la posibilidad de vivir junto a un pueblo la fiesta más importante de la fe y de celebrar junto a ellos la Resurrección de Jesús. Por lo tanto, es un recorrer juntos la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor y, al mismo tiempo, un adentrarse velozmente en el misterio y el corazón del pueblo. Por eso, con la ocasión de la Semana Santa, se genera una oportunidad de gran intercambio.

 

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Hacer la misión significa, sobretodo, recibir, dejando muchas veces atrás eso que hemos dado…

Naturalmente el impacto es recíproco, en las familias que hacen la misión como en los pueblos. Para los padres, ver a los hijos misionar y ocuparse con alegría de las actividades, es una satisfacción única. Por otro lado, los jóvenes sienten lo útiles que pueden ser, cuántos dones poseen, y que bien le hace al alma compartir gratuitamente. Podemos decir que descubren también su vocación a la Iglesia, vocación que desde siempre ha estado en ellos pero que se confirma al activarse y al darse cuenta que la Iglesia son ellos y sin ellos nunca será la misma. Más allá, como ya habíamos esbozado, la fuerza de los jóvenes y de los niños hace renacer en los adultos una frescura y una vitalidad singular. Una verdadera experiencia “piloto”. La fuerza y la pureza del amor de una familia tienen un poder maravilloso. Habitualmente, también la acogida del pueblo, la familiaridad, los vínculos que nacen de la nada, las respuestas a interrogantes que tienen y la felicidad de un compartir jamás pensado produce un impacto que transforma.

Nada sin Ti, nada sin nosotros

Finalmente, se adquiere la conciencia de ser un instrumento, porque la Misión no es más que un don de Dios. Somos un lápiz en las manos de Dios, diría la Madre Teresa de Calcuta, porque Dios nos colma permanentemente de dones y bendiciones, solo que no siempre tenemos el tiempo y el coraje de mirarlos.

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Original: Italiano.  Traducción: Rosa Ciola, Buenos Aires,  Argentina

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