Publicado el 23. junio 2018 In Schoenstatt en salida, schoenstattianos

El P. Kentenich me inspiró a sembrar valores en el aula

PARAGUAY,  Blanca Lila Gómez de Gamarra, docente •

La escuela se ha convertido realmente en estos años en mi segundo hogar y he puesto mi mayor empeño para que mis alumnos sientan en mí la acogida de una madre y mis compañeras docentes la de una hermana: regalar familia como nos enseñó el P. Kentenich.—

Soy la profesora Blanca Lila Gómez de Gamarra, docente de educación escolar básica de la Escuela Silvio Pettirossi de la ciudad de Luque. Todavía me cuesta creer que hace ya 21 años que me presenté ante mis primeros alumnos en una clase, esos mismos alumnos que hoy en día ya son profesionales.

El legado del P. José Kentenich me inspiró a sembrar en el aula valores y no solo los contenidos del programa que me toca desarrollar.  Busco permanentemente irradiar en mis alumnos el amor y la fe, la importancia de la familia y del respeto.  Como maestra de escuela pública, he podido compartir con los niños historias y realidades diferentes, en las que me ha tocado ser -en más de una ocasión- como una mamá, teniendo a nuestra Reina y Madre de Schoenstatt en el corazón.

He dedicado estos años de mi vida a aprender y a enseñar con amor y alegría, para convertirme como maestra en instrumento de la Mater y poder llevar el Evangelio y hacer conocer en la escuela el gran amor que ella nos tiene, con firmeza y ternura, enseñando para la vida. En este afán ha sido para mí especialmente valioso todo lo que mi esposo Carlos y yo hemos aprendido en estos 16 años de pertenencia a la Rama Familiar, aprendizajes tan ricos que no solo te ayudan para la vida matrimonial, familiar o grupal, sino para la vida misma.

La recompensa es un alumno realizado

Hace un par de años me sorprendió recibir un mensaje vía mensajería instantánea de uno de mis alumnos que en ese momento vivía en España.  No uso la expresión “ex” porque cada uno de ellos sigue siendo alumno mío sin importar los años que pasen.  Él era un niño al que le había tocado una vida difícil: era huérfano de padre y su mamá -al igual que tantas trabajadoras paraguayas- había viajado a España en busca de oportunidades.   Aunque su abuela se ocupaba de él, yo pude sentir su carencia y lo mimaba mucho, sabiendo que sufría. En su mensaje me decía: “Profe, tu eres una persona que marcó mi vida, te agradezco tanto y además te tengo cariño y, sobre todo, agradecimiento”. Un simple pero profundo mensaje que me emocionó hasta las lágrimas, lo que no es difícil en mí porque soy muy sensible.

Mi papá – que ahora tiene 84 años – se sorprendió también hace unos días porque mientras cruzábamos la calle rumbo al banco un alumno gritó: “¡Profe Blanca, escuché tu voz!”, me abrazó y dijo “no has cambiado nada…”. Nuestros ojos se llenaron de lágrimas y me presentó a su señora y a su hijo.  Entonces papá me miró y me dijo: “Qué lindo que reconozcan tu trabajo”. Realmente ese es el mejor pago que puedo recibir: un saludo, el verlos ya crecidos con una familia formada. Es la mejor recompensa.

Una familia entregada a la Mater

Seguiré poniendo de mi parte para que la Mater guíe mis pasos y cobije a mis alumnos y a mi familia:  a la pequeña Valeria que está en el 4º grado, a Nathalia, que ya es toda una odontóloga, y a José Carlos que es el mayor y está a un paso de formar su propio hogar. Somos una familia entregada a ella, nuestra Reina.  Somos instrumentos suyos y en su plan estaba que, además de ser maestra, pudiera enseñar que a través de ella llegamos a su hijo Jesús, y que el amor que podemos recibir se hace presente cada día y se manifiesta en nuestras vidas; que pueda seguir creciendo bajo su mirada y siga siendo un instrumento suyo.  Doy gracias a Dios y a la Mater por poder dar un poquito de mí, para que se pueda cumplir el sueño del P. Kentenich y algún día ser la nación de Dios en el corazón de América.

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