Publicado el 2015-08-22 In Proyectos, Schoenstatt en salida

Quiere salir adelante…

PARAGUAY, por María Fischer •

Llegamos después de un viaje aventurero en el auto del Padre Pedro Kühlcke, por senderos de tierra roja medio perdidos en la selva, con pozos y ondulaciones del terreno gigantes que me hacen disfrutar, gratis, de un feeling de Rally Dakar. O algo así. Pero la aventura más grande de este día aun fue al llegar. La aventura más grande se llama Ángel (nombre cambiado), tiene 17 años y es uno de los amigos jóvenes del P. Pedro Kühlcke de la Pastoral penitenciaria “Visitación de María” en la Cárcel de Menores cerca de Tupãrenda. Es una aventura de María y de sus instrumentos.

Ángel nos recibe, con una sonrisa algo tímida y muy sincera, en lo que desde hace tiempo es su lugar de donde no puede salir – una choza humilde rodeada de tierra roja, con unos arbustos y unos juguetes coloridos, ubicada en la cercanía de Luque. Su prisión domiciliaria, después de pasar buen rato en la cárcel de menores. En la parcela de al lado sus vecinos están terminando la construcción de una casa sencilla… «Les ayudamos todos nosotros, los tres», dice, y su tío, como el chico pequeño que mira con ojos grandes al «Paí Pedro» y la señora llegada de Alemania para visitarlos, dicen que sí con las cabezas. «Ayudamos a ellos a construir una casa, y después ellos nos ayudarán a nosotros, cuando podamos construir», dice Ángel.

Sentados en las sillas de plástico en torno a una mesa, bajo el sol radiante de Paraguay, Ángel comienza a contar su vida, animado e incentivado cada vez más por el Padre Pedro, después de prepararnos un tereré que compartimos mientras habla. Entre tanto, hay momentos de abrazos en silencio, cuando lo relatado se vuelve demasiado emotivo…

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Lo que mas extraña es Tupãrenda

En la cárcel Ángel fue a la escuela. Le gustaba aprender, y aprendió bien. «Fue el alumno con las mejores notas», dice el P. Pedro, con orgullo paternal. Pero desde que fue sometido a prisión domiciliaria, no puede ir más a la escuela, porque no debe salir de la casa. «Me gustaría mucho poder seguir con la escuela», dice. «Quiero salir adelante, quiero trabajar y ganar algo para poder alimentar a una familia. No quiero volver a la calle. Ningún chico debería estar en la calle…». Es una de las inquietudes del Padre Pedro tanto para el caso de Ángel como de otros: busca recibir el permiso desde el Ministerio de Justicia para que él y otros jóvenes puedan asistir a una escuela para terminar las clases que comenzaron en la cárcel. «Extraño la escuela», dice. «Y qué más extrañas?», le pregunta el P. Pedro. «¿Las meriendas del sábado?» – «No», le contesta Ángel. «Tupãrenda. Extraño Tupãrenda. Las misas en Tupãrenda».

Este joven, que desde sus 8 años estuvo viviendo en la calle, sobreviviendo y teniendo a veces mucha plata por comercialización de drogas y robos de motos (¡impresionante la cantidad que robaba y vendía en un día! Tiene talento de empresario este chico, pensé), extraña Tupãrenda, el Santuario, las misas.

Nos cuenta con qué ganas fue siempre – como prisionero de «Esperanza», con permiso de salir a veces – , a Tupãrenda, a las misas de los jóvenes. Nos cuenta sobre las largas charlas con el Padre Pedro, y la confesión de toda su vida, la alegría de sentirse liberado de todo pecado y tener la gracia para seguir adelante…

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La madre y reina de Schoenstatt vive allí

«Pero tengo Tupãrenda acá, adentro», nos dice, con sonrisa tímida. Nos invita a acompañarlo a la choza. Nos sentamos en la cama, miramos en penumbras… Aquí está. En uno de los palos que sostiene el techo, en un folio de plástico. La Madre y Reina de Schoenstatt, ella que en su Santuario de Tupãrenda recibe a miles y miles de peregrinos, está aquí, con este joven que tanto la extraña. «Les regalaba estas calcomanías de Tupãrenda, del jubileo», dice el P. Pedro. «¿La guardaste?» Claro que sí, dice Ángel. «Le rezo todos los días a Ella para que me ayude a salir adelante, con Ella. No quiero volver a lo de antes», afirma.

Aquí estamos: tres paraguayos, un sacerdote argentino y una señora alemana, mirando el Santuario hogar más sencillo que jamás hayan visto. Abrazados, «en Alianza», rezamos… con palabras libres, primero, después, juntos, «Oh Señora mía…», y silenciosamente agrego: «te consagro en este día… sus deseos, su futuro, su vuelta a Tupãrenda y a la escuela, a su familia….». El Padre Pedro nos da la bendición sacerdotal. Salimos pues es insoportable el calor adentro. No se puede decir si lo que está en nuestras caras son gotas de sudor o lágrimas…

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Vuelve a Tupãrenda

Esto fue en marzo. Meses más tarde, unas semanas después de la visita del Papa Francisco a Paraguay, el Padre Pedro recibe la buena noticia: después de muchos trámites, mucho tiempo, mucha espera, ¡llegó el permiso para Ángel de salir de su prisión domiciliaria para ir a la Misa de los Jóvenes en Tupãrenda! Un momento de alegría enorme…

«¿Y la escuela?», le pregunto, vía Whatsapp, al Padre Pedro. «Aún nada», me contesta. «Y eso que ya tengo quién donará para los gastos para ir en colectivo…».

Aún hay que esperar.

Pido a la Madre de Tupãrenda, a la Mater que vive y actúa en este Santuario hogar humilde de Ángel, que ella interceda por su hijo, su aliado. Por Ángel, y por toda la Pastoral Carcelaria y sus instrumentos, y tantos jóvenes como Ángel que caen en la criminalidad por no conocer otra manera de sobrevivir en la calle.

Y para los que con sus donaciones de tiempo, amor y dinero hacen posible lo que hace la Pastoral «Visitación de María».

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Fotos: P. Pedro Kuehlcke, «Ángel»

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