Publicado el 1. septiembre 2017 In Temas - Opiniones

Barcelona, los migrantes y otros dolores. Maria y su cobijamiento junto a la cruz

Carlos E. Barrio y Lipperheide, Argentina •

Me entristecen los profundos desencuentros que enlutan nuestro mundo contemporáneo. Para citar sólo algunos ejemplos pienso en el reciente atentado de Barcelona, los migrantes hambrientos y desesperados que llegan hasta la puerta del mundo desarrollado que se cierra, el hambre y la miseria de tantos hombres que no encuentran la forma de salir de su pobreza.

Estos dolores me acercan la cruz de personas desconsoladas, destruidas, angustiadas, sin esperanza.

¡Cuánto peso de tantas cruces, mucho más crueles que las mías! ¡Qué misterio la cruz! ¡Qué misteriosos los dolores desgarradores, a los que me cuesta encontrarles un por qué, un sentido! Están en el misterio de Dios.

La cruz se me representa en estos casos como fría y vacía, como si sólo hubiera lugar para la muerte y el desgarro sin consuelo. “¿Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado? (Mt. 27,46), dijo el Señor en su agonía.

Pero frente a esta noche sin luz en la que tantos sufren, se vislumbra como un destello inesperado, como un alba tenue y un aliento casi imperceptible que se descubre poco a poco, la presencia misteriosa de María junto a la cruz de Jesús, la cruz de la unidad en la que ambos están juntos, la cruz del consuelo.

¡Cuánto necesitamos su amor materno en los momentos de dolor, en los momentos en los que todo es un sin sentido frente a la violencia y al odio, frente al totalitarismo y al fanatismo mesiánico de quienes sólo derraman sangre y exclusión, frente a la indiferencia, los egoísmos y exclusiones!

La cruz de la unidad, nuestra identidad mariana ante el sufrimiento

La cruz de la unidad, es nuestra identidad mariana frente al sufrimiento. Somos mensajeros para el mundo del cobijamiento de Dios.  Nos compromete a llevar su mensaje, a ser hogar de los sufrientes, a llevar nuestro cobijo y a sentirnos cobijados en ella, a ser “ojos transparentes que irradien calor y manos bondadosas que alivien los dolores” (J. Kentenich, Hacia el Padre, 601) en las calles ensangrentadas, en los cuerpos mutilados de nuestros hermanos y de quienes en su pobreza y abandono han dejado sus hogares para buscar un futuro.

Seguramente Jesús cuando nos decía que su “yugo era suave y su carga liviana” (Mt. 11,30), nos pre anunciaba la presencia materna de María junto a la cruz, nos pre anunciaba la “tri unidad” de su cruz, Él, Ella y nosotros compartiendo el peso del sufrimiento en la vida.

Esta cruz es diferente que la cruz sola, sórdida, fría y abandonada. Es la cruz maternal que nos acerca el calor de María, el misterio de su corazón materno, de su calor de hogar en el dolor, del aliento cálido de su voz que nos dice que “se alegra mi espíritu en Dios mi salvador” (Lc.1,47).

La cruz ya no está sola, tiene la compañía amorosa de María y requiere la nuestra. Se hace en ella carne la maternidad del “Dios con nosotros” y clama para que “enaltezcamos a los humildes” (Lc.1, 52) y “colmemos de bienes a los hambrientos” (Lc.1, 53).

Siento que Jesús mismo se sintió cobijado por su madre en la cruz y sin su presencia maternal, su agonía hubiera sido más solitaria, cruel y brutal.

Él quiso donarnos, en un último gesto de amor humano y divino a su madre junto a la cruz, para que nosotros también sintiéramos su cobijamiento y descubriéramos en esta pedagogía, que María está siempre junto a nuestra cruz, para hacerla más llevadera, para que sepamos que en ella podemos descansar, encontrar consuelo, y unirnos al santuario que lleva su maternidad, que es el pre anuncio de Dios resucitado, de la nueva creación.

Llevemos el cobijamiento de María a un mundo frío, distante, lleno de furias y odios.

Desde Ella siento que “nos visitará el Sol que nace de lo alto” (Lc.1, 78).

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