Publicado el 30. abril 2017 In Temas - Opiniones

¡Señor, desata mis nudos!

P. Juan Barbudo, Madrid, España •

Bajo el título “El Dios de los detalles”, el P. Juan Barbudo, Padre de Schoenstatt de España, escribe una página en Facebook regularmente. “En esta página queremos salir al encuentro del Dios de los Detalles. Aquél que se nos manifiesta todos los días en nuestra vida cotidiana”, explica. Se trata de una oferta de breves textos motivadores publicados día por día y unos artículos con temas como “¡Tengo sed de ti!”, “¿Me sigues? Más que dar un “me gusta”, “Cómo no agobiarse (con tantos mensajes urgentes, presiones, prisas,…)”.

Aleteia ya le publicó algunos, como recientemente el artículo “Señor, desata mis nudos”, que compartimos aquí en schoenstatt.org; y agregamos el enlace a esta oferta en SERVICIOS.

 

¡Señor, desata mis nudos!

A lo largo de nuestra vida acumulamos distintas experiencias positivas y negativas que van dejando un poso en nuestra alma. Cuando son experiencias muy fuertes y muy negativas acaban por determinar nuestra visión de la realidad y opciones a futuro. Sin darnos cuenta, empezamos a ver por el prisma producido por estos impactos negativos que hemos recibido, o simplemente nos dejamos atrapar por ello hasta el punto de un bloqueo o una parálisis. Si hemos tenido una mala relación con una persona y hemos llegado a experimentar su ofensa o rechazo, sin darnos cuenta, se nos puede quedar impresa en el alma esta experiencia que, de cara al futuro se podrá manifestar en un miedo al rechazo o una inseguridad frente a algunas relaciones personales. Por ejemplo, si en el trabajo he tenido un jefe tirano que no me dejaba hacer nada y que todo el rato me imponía tareas difíciles obligándome a salir tardísimo o a trabajar fines de semana, entonces sin darme cuenta, habré acumulado en mi corazón una rabia, una tensión y una ira hasta ahora desconocidas para mí. Esto se podrá manifestar en agobio, en estrés o en desilusión. Si mi vida es solo trabajo, ¿qué sentido tiene? Si ignoramos este tipo de experiencias negativas, poco a poco se irán anidando y anudando en el alma, es decir, se instalarán y se harán un nudo muy grande que nos empezará a paralizar.

También el pecado es una experiencia negativa que nos deja un poso negativo en el alma. Cuando he cometido una falta grave que no me gusta, me invade un sentimiento de dolor, de rabia: le he fallado a Dios. He decepcionado a Aquel que me ama incondicionalmente y que lo ha dado todo por mí. Me he fallado a mí mismo porque no he dado lo bueno que hay en mí. He fallado a otro, he sido injusto. La experiencia de pecado y el sentimiento de culpa traen consigo también otros nudos que se anidan en el alma restando fuerza a mi capacidad de amar y de entregarme. Por eso es tan importante confesarse. No solo por el hecho de recibir el perdón de Dios y volver a sentir su abrazo en el sacramento, sino que también por el hecho de confesarlo. Esto implica reconocer la culpa, detectar la experiencia negativa, ponerle nombre, liberarse de ella.

¿Qué hacer con esos nudos que nos empiezan a condicionar y a maniatar interiormente? Para el alma humana hacen el mismo efecto que estar atado de manos y pies. Es como si nos ataran de manos y de pies y nos quedáramos paralizado si podernos mover. ¿Cómo podemos entonces desatar esos nudos del alma, liberarnos de ellos, superar nuestras parálisis, para amar más, para ser más felices? Solos no podemos. Es fundamental reconocer esos nudos, buscar de dónde vienen, ponerles nombre y dejar que Jesús entre a desenredarlos.

Jesús dice en el Evangelio de San Juan que si uno camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche tropieza, porque la luz no está en él. En un sentido metafórico Jesús nos dice que Él mismo es la luz del mundo que viene a iluminar todas las situaciones, hasta las más difíciles y enredadas. Caminar de día significa acoger esta luz del mundo que es Jesús y por lo tanto es imposible tropezar. Caminar de noche, significa prescindir de Jesús, de su ayuda, de su cercanía y amistad. Jesús lo que nos propone es que le dejemos entrar en toda esta maraña de nudos que se nos van acumulando en el alma. Él mismo es la luz del mundo y quiere caminar a nuestro lado, nos ofrece su amistad para ayudarnos a vivir una vida más plena, libre de nudos y de cargas negativas.

Basta con mirar la amistad de Jesús con los tres hermanos de Betania: Marta, María y Lázaro. Es conocido el episodio en el que Jesús va a resucitar a Lázaro de la muerte. El mismo Jesús reconoce que Lázaro no está muerto, sino dormido. Por eso lo irá a despertar para gloria de Dios, para que los demás crean en Él, en su luz y en la vida. Es una escena envuelta de dramatismo en la que Jesús demuestra su sentimiento de pena y dolor ante el sufrimiento de sus amigos. Jesús llora y sus lágrimas alivian la pena de sus amigos. Finalmente, Jesús realiza el milagro de resucitar a Lázaro para demostrar que Él es la resurrección y la vida.

Jesús realiza este milagro en varias etapas. Primero, se empeña en entrar en la tumba, a pesar de la resistencia de Marta porque huele mal al llevar Lázaro cuatro días muerto. A Jesús no le importa. Él quiere entrar en toda nuestra realidad, también la que no nos gusta, la que queremos esconder, la que nos pesa como una losa, la que huele mal: “Quitad la losa”. Después, despierta a Lázaro y lo invita a salir: ”Lázaro, sal fuera”. La amistad con Jesús, nos despierta de nuestros bloqueos y de nuestras perezas. Nos hace salir de nosotros mismos, nos descentra y nos saca hacia fuera. En un tercer momento, cuando Lázaro ya ha salido, Jesús ordenada desatarle de sus vendas de muerte: “Desatadlo y dejadlo andar”. Jesús pide a otros que desaten a Lázaro, no lo hace todo Él. Se vale de la comunidad para sanarle del todo. También a mí me desata de mis nudos que me paralizan y que me impiden andar libremente por la vida. Tal vez, lo hace Él mismo, o a través de sus instrumentos.

Jesús, al resucitar a Lázaro, me muestra un camino para liberarme de mis nudos. Ese camino pasa por la amistad con Él. Pasa por tener la certeza de que también me cuenta como a uno de sus amigos queridos. Ya me ha ofrecido su amistad y también es capaz de llorar por mí cuando me vea atrapado en mis nudos y encerrado en mi tumba maloliente. Esa amistad me permite confiar en que Jesús siempre va a venir a mi tumba cuando me encuentre encerrado en mí, sin luz, y que me va a sacar afuera para desatarme con la ayuda de otros, para que pueda echar a andar.

Sólo la fe en Jesús y su amistad con Él pueden desatar mis nudos. Hay que dejarle entrar en mi maraña de nudos que me tiene enredado, y confiar en el poder de su amistad conmigo. También puedo contar con la ayuda de María, que en su advocación de la Virgen Desatanudos, viene a desatarme y a liberarme con Jesús:

 

Santa María, Madre de Dios y Madre Nuestra,

Tú que con corazón materno desatas los nudos que entorpecen nuestra vida,

te pedimos que nos recibas en tus manos

y que nos libres de las ataduras y confusiones

con que nos hostiga el que es nuestro enemigo.

Por tu gracia, por tu intercesión, con tu ejemplo,

líbranos de todo mal, Señora Nuestra

y desata los nudos, que impiden nos unamos a Dios,

para que libres de toda confusión y error,

los hallemos en todas las cosas,

tengamos en El puestos nuestros

corazones y podamos servirle

siempre en nuestros hermanos. Amén

 

 

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