Publicado el 8. Septiembre 2017 In S18 aportes, Sinodo 18

Joven, Francisco quiere escucharte… Ifeany Paulinus Ekpunobi, Nigeria

HACIA EL SÍNODO DE LA JUVENTUD: “Joven, Francisco quiere escucharte”

Jamás imaginé que la vida del seminario pudiera llenarse de tantas experiencias e impresiones no previstas. Toda la vida había admirado a los seminaristas – aquellos que llegaron a nuestra parroquia para el trabajo apostólico, algunos que vuelven todos los años para las vacaciones de Navidad e incluso los que vinieron a nuestras escuelas para los retiros. Ellos eran los perfectos – al menos así lo pensaba yo- comprometidos con el evangelio de Jesús y la decisión completa de vivir castos en un mundo sin castidad. Siempre quise ser como ellos; siempre soñé imaginándome dónde estaría yo con una sotana blanca asistiendo a clases, enseñando a los feligreses y conquistando el amor propio de que quienes ostentan esa posición… siempre.

Se impone la realidad

Cuando finalmente logré la admisión en un seminario, mis ideas “por defecto” de un seminarista católico comenzaron a desmoronarse, o podría decir que tuvieron una metamorfosis.

Comencé a ser consciente de mi motivación inicial que era llegar a ser sacerdote. Comencé a tener conciencia de las limitaciones del seminario en la formación. Comencé a ver seminaristas que no calzaban con mi imagen de perfección. Encontré Sacerdotes que maldecían a la gente. Incluso seminaristas que hablaban de chicas con tal pasión que casi me escandalizaron. De hecho me escandalicé todo el tiempo. Dejé de rezar en la forma en que lo hacía, dejé de participar en la Misa con el ardiente entusiasmo que tenía. Empecé a tomarme la siesta, algo que nunca hice de vuelta a casa; me convertí en un perezoso. Llegué a ser un robot –siempre disponible para las actividades pero no participando. Casi perdí el contacto con mi fundamento espiritual: el Rosario. Me enfrentaba con la enorme tarea de aprobar los exámenes por cualquier medio. Igualmente, encontrarme con los desafíos de la formación: parecer maleable ante mis formadores o recibir la comunión cuando sabía que no estaba en estado de gracia. Nadé inconscientemente en la corriente de la vida del seminario.

En todo caso, era la etapa inicial. La había abrazado con tanta pasión e ingenuidad que me ahogaba. Mirando hacia atrás, comprendo ahora porqué tuve que tomar la siesta, porqué no siempre estaba orando en mi habitación, porqué tenía que hablar y socializar con mis hermanos. Entiendo que mis directores, aunque incapaces de ver a través de mis emociones, son siempre la voz de Dios que buscaba insistentemente en la oración. Lo que yo había visto como escándalos se había convertido en una forma pasiva en la que Dios quería enseñarme sobre la diversidad y diferentes orientaciones de la humanidad. Como siempre había aprendido que un sacerdote es quien está detrás de la sotana, tuve que repensar mi noción del sacerdocio.

Incluso mi intención y motivaciones iniciales cambiaron drásticamente, pues entendí que el sacerdocio no es sólo la gloria enmascarando el sufrimiento. Puede que no haya logrado ver a través de la vida impenetrable de los sacerdotes, pero tenía la oportunidad de escuchar al menos su opinión sobre ello. Siempre me siento algo depresivo con esto, pero me hace más fuerte de una manera que no podría haber logrado sin esta revelación. Comencé a repensar, mirar atrás y reconstruir los fundamentos de mis motivaciones.

Sin embargo, la vida en el seminario puede ser aburrida y a veces asfixiante. Con el bullicioso estilo de vida de nuestros compañeros que estamos condenados a ver en Facebook, Instagram o lo que tengas. Despiertan nuestras emociones ocultas. Debo decir que estos amigos me han ayudado a comprender en lo que estoy a punto de entrar. Mi entrega al servicio del pueblo de Dios sería insignificantemente inútil, si no entiendo lo que estoy haciendo o lo que estoy dando.

Recordando quién soy

Hay algo más: el prestigio. Ser un seminarista en Nigeria o parte de Nigeria, es siempre un billete fácil para comprar respeto y admiración. La gente quiere asociarse con líderes religiosos y aparentemente también con aspirantes. Yo quiero ser aceptado: también quiero ser amado y respetado. Creo que esto tiene que ver con nuestro anhelo más profundo de ser feliz. Pero noté que en medio de todas estas propiedades abstractas, estaba perdiendo rápidamente algo propio: mi personalidad. Necesito ser yo mismo, saber que todavía soy Ifeanyi antes de ser seminarista y que también podría provocar respeto y lluvias de amor. Quiero creer que soy capaz de amar, que ser seminarista no me protege de todos los vicios y virtudes de la humanidad. Quiero tener el coraje de ir a la confesión, entender que el pecado no me hace impropio, sino que justifica mi fragilidad como ser humano y la dependencia de la providencia de Dios. Quiero conocer y expresar mi sexualidad de la manera perfecta de Jesús mientras estuvo en la tierra –hablar con las mujeres con claridad de intención y con libertad ante el rechazo.

Todo el mundo tiene algún problema; los seminaristas lo tienen. Y no habrá solución alguna si las personas no salen de sí mismas para ayudar. Pero ¿cómo puede ser si la mayoría de los sacerdotes en las casas de formación parecen estar bajo un castigo del Obispo o superior?

Caminan con las caras arrugadas por frustraciones, profiriendo amenazas de expulsión por cada error o debilidad que tenemos. Puede que esté exagerando, pero la verdad todavía se puede descubrir. Estoy consciente de que el seminario entrega privilegios inmerecidos, pero esto no justifica que los seminaristas sean impulsados a vivir pretendiéndolo todo para mantener y salvaguardar su vocación.

Construyendo una comunidad de hermanos

Deseo un seminario que pueda llamar mi familia, donde incluso si se me pide que me vaya, apreciaré la formación, el amor y la vida que he compartido con una gran diversidad de seres humanos originales. No diré que no lo he conseguido, pero sé que muchos de mis compañeros no pueden soñar con ese seminario. Mi sueño es que cada seminario sea como la casa de formación de Schoenstatt aquí en Nigeria. Sin embargo, este es un deseo casi imposible por las diferentes orientaciones de los formadores. Pero sé que si tuviera que abandonar Schoenstatt hoy, me sentiría como alguien que ha sido arrancado de su familia. Esto es lo que creo que debe ser la formación: la construcción de una comunidad de hermanos.

He ido lejos en el seminario, pero no tan lejos en este ensayo por abarcar cada segundo  de mi experiencia. Agradezco sin embargo a Dios sus gracias hasta ahora, por dirigirme en la senda en que estoy, no sólo como seminarista, sino como seminarista de Schoenstatt.

¡Dios bendiga a mis formadores del seminario! ¡Dios bendiga a la Familia de Schoenstatt!

 

Original: Inglés. 4 de septiembre 2017, Traducción: Carmen M. Rogers, Santiago, Chile

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