Publicado el 20. Agosto 2017 In S18 aportes, Sinodo 18

Joven, Francisco quiere escucharte – Maxine Farr, Sudáfrica

Hacia el Sínodo de la Juventud: “Joven, Francisco quiere escucharte” •

Mi historia

Soy una mujer joven, originaria de Durban, en Sudáfrica y estudio fisioterapia en la hermosa Ciudad del Cabo. Vengo de una familia pequeña, que consiste en mi mamá, mi abuela y mi abuelo. Somos muy unidos, por lo que dejar el hogar para ir a estudiar fue muy difícil para mí. Afortunadamente me mudé a una residencia para mujeres estudiantes que es administrada por las Hermanas de María de Schoenstatt y que, luego de vivir allí durante los últimos 3 años, se ha convertido en mi hogar. La influencia de mi mamá en mi vida ha sido muy fuerte. Ella me crio sola, sacrificó tanto para darme todo y rodearme de tanto amor que me hizo fácil el amar a otros.

Mis preocupaciones

Es difícil ser una persona joven hoy en día. Vivimos en un mundo apurado donde todo tiene que ocurrir instantáneamente. Estamos constantemente bombardeados de información a través de Facebook, Instagram, Twitter, la televisión, radio y tantos otros medios. Yo disfruto de todo eso, pero vaya que hace difícil encontrar silencio. Incluso es extremadamente difícil vivir mi fe, porque vivimos en un mundo tan secularizado que nuestras visiones católicas a menudo no son muy populares y a mí se me hace todavía más difícil porque estoy estudiando un título médico donde temas como el aborto, la eutanasia y muchas otras cuestiones morales se nos presentan bajo una luz positiva. Es un reto el oponerte a esas visiones cuando tu opinión es una minoría y estás yendo en contra de gente altamente educada, gente mayor.

Lo que percibo es que muchas personas miran a los jóvenes de ahora y se quejan. Nos comparan con la juventud “de los viejos tiempos” y se quejan de que no tenemos el mismo respeto, que somos más groseros de lo que ellos eran, que buscamos el placer inmediato y no tenemos autodisciplina. Se olvidan, sin embargo, de que vivimos en mundo muy diferente al de los “buenos viejos tiempos”. Estoy rodeada de jóvenes en mi residencia, en la universidad y en la iglesia y ando constantemente maravillada por su bondad. Todos estamos luchando por ser buenas personas, de acuerdo con nuestra conciencia, sin importar las creencias. La gente joven que conozco quiere hacer del mundo un mejor lugar, quiere ayudar a otros, está llena de compasión y empatía y está constantemente buscando entender a aquellos que están en situaciones diferentes a la suya.

Mi preocupación como joven es que la generación mayor se cansa de nosotros, sólo ve lo que hay en la superficie y no explora más a fondo. Sí, tal vez algunas cosas en nuestra manera de vivir son diferentes, pero ¿cómo podemos mejorarnos a nosotros mismos si no hay nadie guiándonos?

Mi experiencia de fe

Fui bautizada como metodista y fueron contadas las veces que fui a la iglesia o, mejor dicho, ¡que dormí en la iglesia! Nunca fui realmente criada en la fe, mi mamá se describiría a ella misma como más espiritual que religiosa. Nunca le voy a reclamar eso en mi crianza, ya que ella me educó de la mejor manera que pudo y estoy segura de que es precisamente por la forma en que me crio que me hizo querer buscar más profundamente en mi interior para encontrar la verdad. Mi experiencia personal con la fe comenzó cuando me mudé a la residencia estudiantil de Schoenstatt. Estaba batallando con el hecho de estar lejos de casa y algo ocurrió que me hizo volcarme hacia la oración, algo que no creo que hubiese ocurrido nunca si no hubiera estado viviendo en Schoenstatt. Recuerdo haberle preguntado a Dios si realmente estaba ahí para ayudarme. Negocié con Él (¡nunca negocies con Dios!), le dije que si respondía mis oraciones empezaría a ir a misa todos los domingos. Él no respondió a mis plegarias de la manera que yo quería, pero aquí estoy, convertida a la fe católica, en camino a sellar mi Alianza de Amor con Nuestra Señora, convencida de que Él sí estaba “ahí” esa vez que hice mi pequeña plegaria. Me topé con el dicho que afirma que no existen las coincidencias, sólo existen las Dios-cindencias. Mi primera misa fue una de esas Dios-cidencias: una de las hermanas se ofreció a ir conmigo porque yo no quería ir sola. Recuerdo que estaba desbordada por la belleza de la misa y la devoción de la gente. Supe que quería volver a ir, a pesar de que toda esta gente me parecía un poco rara, se arrodillaba antes de sentarse en los bancos y hacía movimientos extraños con las manos y otras cosas. Entendí muy poco ese día, era la primera vez que entraba en una Iglesia Católica y presenciaba el sacrificio de la misa, justamente en el día de Pentecostés. Fue recién unos meses después que me di cuenta de ello, que en el día que cambió mi vida se celebraba el cumpleaños de la Iglesia, era la celebración del descenso del Espíritu Santo sobre los apóstoles y sus seguidores. Ese día me llenó el Espíritu Santo. Mi experiencia de fe ha sido un torbellino que no ha sido ni fácil, ni libre de dolor. Ha sido una lucha, pero una lucha llena de gozo y no la cambiaría por nada.

Mi compromiso con la Iglesia y el mundo:

La Iglesia me ha dado tanto que quiero servirla de cualquier manera posible. Lo que el mundo necesita es gente que viva su fe cristiana visiblemente, porque somos las manos, la boca y el corazón de Cristo. Él trabaja a través de nosotros para que otros lleguen a Él. Eso me pareció muy evidente a través de las hermanas de Schoenstatt: pude ver claramente un signo de Dios en ellas. Toda mi vida había conocido cristianos que decían creer en Jesús, pero que no vivían para nada su fe. Ellos no eran perfectos, ninguno de nosotros lo es, pero nunca vi algo en ellos que me hiciera cuestionar la verdad hasta que conocí a las hermanas. Ellas han renunciado a tantas de las cosas que la sociedad te dice que necesitas para ser feliz, y viven su vida de tal manera que me tuve que cuestionar todo lo que yo alguna vez supe, entender qué sabían ellas que yo no conocía. Su compromiso visible con Dios cambió mi vida. Eso es lo que necesita el mundo: no solamente vidas religiosas, sino que en cada vocación haya gente comprometida con Dios, sin importar lo difícil que sea. Espero que mi vida pueda llevar personas hacia Jesús, de la misma forma en que otros lo hicieron por mí.

Mis dudas y preguntas

Cuando entré a la Iglesia, algunas de las cosas que me causaron conflicto fueron la unidad, las creencias establecidas y las enseñanzas en cuestiones morales. Tuve que recurrir a mis propias creencias en asuntos clave y fui capaz de aceptar las enseñanzas de la Iglesia porque confié en que tiene por finalidad cuidarnos y conseguir nuestra salvación. Nuestra sociedad se ha vuelto más tolerante a muchas cosas y aunque esa tolerancia nos ha permitido sentirnos aceptados e incluidos, también ha permitido un decaimiento en la moral y ha permitido a muchos no solamente lastimarse ellos mismos, sino también lastimar a otros. La dignidad humana se ha vuelto cuestionable para mucha gente y, según lo que yo veo, ha comenzado también a influir en muchas personas de nuestra Iglesia. Unos meses atrás vi un poster en el campus de nuestra Universidad que decía “Católicos por elección”. Me mantengo firme con la Iglesia Católica y sus enseñanzas tradicionales, pero estoy comenzando a cuestionar y dudar si la Iglesia Católica se mantendrá firme por sí misma o si va a caer en nuestra sociedad secular.

Esas son mis dudas, pero tenemos que confiar en Dios y rezar para que nuestra Iglesia, la verdadera Iglesia fundada por Jesús, sea siempre guiada por el Espíritu Santo y se mantenga abierta a los signos del tiempo. Hay una cita del portavoz de la Teología del Cuerpo, Christopher West, que me ha acompañado desde que la escuché: “El Espíritu Santo le concede a la Iglesia lo que necesita cuando lo necesita”.

Mis sueños

Mi sueño es casi el mismo que el de cualquier persona: marcar una diferencia, tener algún impacto en las vidas de los que me rodean, tener una vida feliz y llena de sentido. Espero hacer eso a través del amor a Dios y del servicio a su gente.

Sé quien Dios quiso que fueras y pondrás el mundo en llamas.”

– Santa Catalina de Siena

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2 Responses

  1. Que nunca se agote el servicio y amor a los demas! Que seas la experiencia concreta de que existen alternativas en estos tiempos y que siempre puedas volver los ojos a nuestra Madre Maria.
    Valioso aporte tu testimonio, gracias por compartirlo, gracias por aportar.

    Saludos
    Vanesa

  2. Gracias Maxine, tu historia es conmovedora y valiente. Dices cosas muy importantes y con mucho sentido, Con testimonios como el tuyo, seguro que los obispos tendrán inspiración e información para trabajar en el Sínodo. Muchas gracias por compartirlo y ojalá sean muchos los jóvenes que sigan tu ejemplo.

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