Publicado el 20. enero 2018 In Francisco - iniciativas y gestos, Francisco - Mensaje, Iglesia - Francisco - Movimientos

Como viví el encuentro del Papa con los jóvenes chilenos en el Templo Votivo de Maipú

FRANCISCO EN CHILE, por Sophie Berthet E. •

Llegando al templo – Foto: Sophie Berthet

“La fe se vive en comunidad”. Es una de las frases que más ha marcado mi vida porque siempre me he considerado muy sociable y porque creo que es muy real. Por muchas razones que no voy a dar porque no es el meollo del asunto, pero espero que con el relato se entienda a qué me refiero.

Participé como voluntaria en la venida del Papa. A mí me gusta mucho cantar. Formé parte del Coro de Misión País varios años, participo en la producción y realización del Disco del Hacia el Padre y generalmente canto en Misa. Esta vez sabía que había muchas voces y me pareció que faltaban manos. Por eso elegí ser voluntaria.

Francisco sabe que existo

Casi no dormí y pasé MUCHO frío en el Parque O’Higgins (como todos los más de 20.000 jóvenes y adultos de espíritu muy joven que estuvieron al servicio de Jesús durante esos días). Después pude ver al Papa muy cerquita en la Nunciatura apostólica y no cabía en mí de dicha después de que gracias a que le grité “¡Papita!”, me miró desde la ventana del auto. “Francisco sabe que existo”, pensé. “Y va a rezar por mí”.

Fueron dos días agotadores en los que incluso lamenté mi rol porque por falta de sueño no me quedé dormida una, sino tres veces en la Santa Misa por la Paz y la Justicia (después reculé y me arrepentí de haber lamentado un voluntariado/apostolado, ahora viene por qué).

Wow, hay muchos católicos en Chile

Trabajo en un programa de televisión que va en vivo todos los días y por eso, lamentablemente no podría ir al encuentro de jóvenes en Maipú. Me invitaron a cantar y tuve que negarme. Finalmente, y gracias a que el canal debía cubrir los eventos en los que estuviera Su Santidad, ese miércoles no hubo programa, y como bendición pude ir acompañada de mi hermana chica (14). Y ahí sentí, fuertemente lo que era comunidad. La Conie me comentó “Wow, hay muchos católicos en Chile”.

Me encontré con amigos que no veía hacía mucho tiempo, me sentí parte de un grupo de personas a quienes nos une algo tan esencial como la razón de vivir: Cristo. Y mi hermana presagió, de alguna forma, el mensaje del Papa. Quizás es un poco rebuscado, pero ella estaba impresionada y sobrecogida de algo que estaba pasando en Chile, en su país, en su patria. Y justamente con eso partió Francisco: “Si no amamos la madre patria, no podemos amar a Jesús. Si no amamos nuestra patria, no somos nada”. Si amamos Chile, queremos compartirle lo más lindo que conocemos que es amar a Dios por sobre todas las cosas y a su madre, nuestra reina tres veces admirable de Schoenstatt y coronarla las veces que sea necesario.

Levantarse del sofá

En el templo – Foto: Sophie Berthet

En el mundo de hoy es difícil encajar si eres las que va a misa los domingos, si eres la que escucha música religiosa, si eres la que dice “estoy bien, gracia a Dios”, o si vas por la vida diciendo “Dios me ama”. Es difícil que la gente entienda por qué anhelas casarte sin convivir, por qué pones estampitas en tu escritorio, por qué vas al Santuario. Pero esta vez sentía que no era la única, sino una más de los miles que estaban ahí. De los miles que gritaban a todo pulmón:

– ¡Viva la Virgen del Carmen!

– ¡¡¡Viva!!!

– ¡Viva el Papa Francisco!

– ¡¡¡Viva!!!

– ¡Esta es! ¡La juventud del Papa!…

El sumo pontífice se dirigió a la juventud que estaba en la explanada del Templo en Maipú —conformada por un gran número de, repito, jóvenes de espíritu. Ellos fueron capaces de, como dijo Francisco, levantarse del sofá. De hacer fila, de ir a quemarse y pasarlo mal bajo el sol y sobre la tierra caliente; de no tener dónde sentarse durante horas y todo por 30 minutos con él—, y habló de la madurez: “es hacer crecer los sueños y las ilusiones”. Nos llamó a ser protagonistas “la Iglesia tiene que tener rostro joven”. Nos invitó a ser partícipes del sínodo que está por venir, interpelando a la Iglesia, expresando el coraje de decir lo que sentimos y pensamos.

La contraseña que vale todo: “¿Qué haría Cristo en mi lugar?”

El hilo conductor fue la tecnología, usando la analogía entre la fe y la batería del celular. Cuando nos quedamos sin batería nos ponemos de mal humor porque quedamos desconectados del mundo. No nos quedemos sin fe ni red de wifi para no desconectarnos de Jesús. Y aquí usó parte de la letra de una de las canciones más conocidas del grupo chileno La Ley: “El ruido ambiente y soledad de la ciudad nos aíslan de todo. El mundo que gira al revés pretende sumergirme en él ahogando mis ideas”. E hizo un chiste.

Nos pidió que nunca pensáramos que no tenemos nada que aportar o que no le hacemos falta a nadie. Y usó palabras de nuestro San Alberto Hurtado: “ese es el consejo del diablo, que no vales nada”. Y aquí llegamos al momento más importante de su charla. Nos dio la clave del wifi y nos pidió anotarla en algún cuaderno: “¿Qué haría Cristo en mi lugar?”. Para preguntárnoslo en el colegio, el trabajo, el estadio, el gimnasio. Preguntarnos eso nos hace protagonistas de la historia. Debemos anhelar contagiar esa chispa en tantos corazones pobres que se quedan esperando que pase algo que valga la pena. Y para eso debemos vivir como lo hizo Jesús, Él sí hace vibrar el teléfono y el corazón.

Tengan la disponibilidad de nuestra Madre, la primera discípula, para cantar con gozo y hacer su voluntad

“Queridos amigos: sean valientes. Salgan a buscar a sus amigos que no creen”. Nos invitó a ser samaritanos y que nunca olvidemos a nadie tirado en el camino y dejó para reflexionar si alguna vez lo hemos hecho. “Sean los cirineos que ayudan a Cristo a llevar su cruz y se comprometen con el sufrimiento de sus hermanos. Sean como Zaqueo, que transformó su enanismo espiritual en grandeza y dejó que Jesús transformara su corazón materialista en un corazón solidario. Sean como la joven Magdalena, apasionada buscadora del amor, que sólo en Jesús encuentra las respuestas que necesita. Tengan el corazón de Pedro, para abandonar las redes junto al lago. Tengan el cariño de Juan, para reposar en Jesús todos sus afectos. Tengan la disponibilidad de nuestra Madre, la primera discípula, para cantar con gozo y hacer su voluntad”.

Nos pidió que recordáramos la clave del wifi y solo ahí interrumpimos el silencio sepulcral con el que lo escuchamos atentamente —un silencio que me sorprendió porque no existe ni en Misa—, “¡¿Qué haría Cristo en mi lugar?!”.

Al terminar agradeció, reconoció que le encantaría haberse quedado más tiempo y nos pidió: “por favor, no se olviden de rezar por mí”.

 

Texto completo de la homilía

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